Un tozudo Ortega se enfrenta al mundo


El presidente nicaragí¼ense ha causado sorpresa con ciertas decisiones, como cuando reconoció la independencia de regiones separatistas de Georgia.

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, culmina un año complicado bajo el asedio de la oposición, que le acusa de robarse las elecciones municipales, y de sanciones económicas de Europa y Estados Unidos, mientras se declara ví­ctima de una conspiración que busca desestabilizarlo.


Su acercamiento al presidente venezolano, Hugo Chávez, ha sido cuestionada por la oposición de su paí­s.

Ortega, con un discurso plagado de referencias bí­blicas y de amor por los pobres, asumió el poder hace dos años prometiendo «unidad y reconciliación nacional», pero ahora se muestra decidido a dar la batalla en cualquier terreno, ofreciendo a sus adversarios el «acero de guerra».

De manera desafiante ha declarado que confí­a en que su amigo y aliado, el presidente venezolano Hugo Chávez, le proporcionará el dinero que le falta tras los recortes en la ayuda extranjera a Nicaragua, uno de los paí­ses más pobres de América Latina.

En medio de denuncias de fraude en los comicios, sus crí­ticos dicen que Ortega está tratando de establecer un gobierno de corte familiar, junto a su esposa Rosario Murillo, y que ha creado grupos de choque para impedir cualquier protesta en su contra en las calles.

Pero el presidente lo niega y asegura que los piquetes sandinistas, que desde hace semanas ocupan dí­a y noche las rotondas de Managua, son integrados por gente del pueblo que defiende al gobierno de los pobres.

El Congreso permaneció paralizado más de un mes desde las cuestionadas elecciones del 9 de noviembre, mientras la oposición intentaba, sin conseguir el quórum necesario, aprobar una ley para anular los comicios municipales, ganados oficialmente por el Frente Sandinista de Ortega.

En el plano externo Ortega ha causado sorpresa con ciertas decisiones, como cuando reconoció la independencia de regiones separatistas de Georgia, pero también ha arrancado las iras del presidente colombiano Alvaro Uribe por llamar «hermanos» a los guerrilleros de las FARC.

Ortega, de 63 años, ha acusado a paí­ses europeos y Estados Unidos de «injerencismo» por criticar los comicios municipales y el cierre de espacios a la oposición, que incluyó la anulación de la personalidad jurí­dica de dos partidos, entre ellos uno formado por disidentes del Frente Sandinista.

Los recortes en la ayuda, sumados a la parálisis en el Congreso, abrieron un agujero de más de 100 millones de dólares en el presupuesto de esta empobrecida nación, muy dependiente de la asistencia internacional.

Pero el tozudo Ortega se ha mostrado desafiante ante las crí­ticas, diciendo que no le atemorizan las sanciones, y se ha propuesto conseguir fuentes alternativas para cubrir el millonario hueco en las finanzas.

Recientemente declaró que Chávez le ofreció el dinero que Estados Unidos y Europa han dejado de proporcionar, pero analistas creen poco probable que el presidente venezolano pueda cumplir su oferta debido a la caí­da de los precios del petróleo.

En la medida que afianza su poder interno y se apoya en Chávez para afirmar una perspectiva ideológica «sesgada por una visión anticuada y primitiva», la polí­tica exterior de Ortega se mueve hacia un posicionamiento en pugna con la comunidad internacional, dijo el analista Manuel Orozco, de Diálogo Interamericano.

En esa lógica se inscriben sus ví­nculos con Irán, su «enajenación ideológica y acrí­tica en relación a Venezuela y su oportunismo polí­tico frente a Rusia», indicó Orozco.

Ortega reconoció en septiembre la independencia de Georgia de las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, algo que sorprendió al propio Kremlin, pues Nicaragua fue el segundo paí­s en hacerlo luego de Rusia.

El mandatario ha intentado armar un frente antiimperialista, aunque su «eco es muy limitado» ya que otros dirigentes de izquierda de América Latina advierten la debilidad democrática y la pobreza de su polí­tica exterior y «no están dispuestos a arriesgar su reputación al asociarse con Ortega», declaró Orozco.

A nivel interno, sus crí­ticos advierten un retroceso en la confrontación con la empresa privada, la Iglesia Católica y el odio de clases, que ha vuelto a polarizar al paí­s entre pobres y «oligarcas», izquierda y derecha, como durante el gobierno revolucionario que encabezó Ortega entre 1979 y 1990.

Ortega, de 63 años, ha acusado a paí­ses europeos y Estados Unidos de «injerencismo» por criticar los comicios municipales y el cierre de espacios a la oposición, que incluyó la anulación de la personalidad jurí­dica de dos partidos, entre ellos uno formado por disidentes del Frente Sandinista.