Drogas y excentricidades


Una maqueta de la capilla de San Jesús Malverde, un bandido del siglo XVIII, se convirtió en el

Armas con incrustaciones de oro, ropa de niños con calcomaní­as impregnadas de LSD y pinturas religiosas con cocaí­na oculta detrás de los lienzos son algunos de los objetos exhibidos en un peculiar museo del Ejército mexicano y que muestra la creciente cultura del narcotráfico.


Un arma con incrustaciones de piedras preciosas se encuentra en exhibición en el Museo que muestra las excentricidades de los narcotraficantes, que van desde sus estrategias para tráfico hasta sus lujos.Un celular forjado con oro.

Este museo ha ido creciendo al ritmo en que el poderí­o de los narcotraficantes mexicanos se ha extendido hasta Panamá y a Perú, mientras que en México se recrudece la violencia ligada a las pugnas entre cárteles y que ha dejado más de 5.300 muertes violentas en 2008.

«El objetivo del museo es enseñar a los alumnos militares las formas en que en el Ejército se lleva al cabo el combate al narcotráfico y también cómo los delincuentes, los narcotraficantes, trafican las drogas», dijo el curador del museo, el mayor Mario Ayala López.

Desde cactus alucinógenos utilizados en rituales religiosos hasta modernas drogas quí­micas, pasando por opio que llegó de China en los 1920″s, el museo, localizado al interior de la secretarí­a de la Defensa, da una lección sobre el creciente uso, tráfico y producción de drogas en México.

Primero empezó como una «sala muy pequeña y poco a poco creció a lo que es ahora», explica López sobre este museo con 10 salas, inaugurado hace 20 años y que se actualiza cada vez que se realizan decomisos de gran envergadura.

En una de las salas, contenedores de vidrio transparente muestran polvos, raí­ces y hojas, incluyendo mariguana, crack, cocaí­na y heroí­na, drogas que por primera vez ven muchos de los visitantes.

«Muchos de los alumnos que salen de las escuelas militares son muy jóvenes, de 17 ó 18 años, y salen de escuelas y no conocen las drogas», añade el curador.

Además de su posición geográfica, entre los paí­ses productores de Sudamérica y el mayor mercado de consumo, Estados Unidos, las zonas montañosas de México ofrecen un escondite a los narcotraficantes y contribuyen a que el negocio florezca.

La producción masiva de adormidera o amapola (base del opio) y la mariguana empezó a mediados de los 1960″s en el estado de Sinaloa (noroeste), sobre la costa del Pací­fico y en un área conocida como el triángulo dorado por lo rico de sus tierras.

En otra sala se exhiben equipos quí­micos para fabricar opio, lámparas para secar hojas de mariguana y adormideras de múltiples cabezas, genéticamente modificadas.

«El problema ha sido desde los años 1970″s, pero las modificaciones se han visto en los últimos siete u ocho años, cuando tratan de mejorar la producción», añade el mayor López.

Otros objetos utilizados para ocultar drogas son vasijas de barro, contenedores de cerveza y directorios telefónicos, mientras que una fotografí­a muestra a un hombre recién salido del quirófano, donde se le removieron paquetes de droga ocultos en su trasero.

«A veces (a los estudiantes) les molesta buscar por todas partes. Pero cuando ven todo lo que hemos encontrado, ya no les molesta tanto», indica el mayor López.

Las diferentes rutas del narcotráfico serpentean sobre un mapa y todas conducen hacia Estados Unidos, desde América Central, tanto por la costa del Atlántico como por la del Pací­fico.

También se observan modelos de barcos y boyas con toneladas de droga que esperan ser recogidas dentro del mar.

Otra sala está dedicada a la excéntrica narco-cultura y en ella se observan teléfonos móviles y armas con incrustaciones de diamantes y oro, armas grabadas y una enorme puerta de madera con un campo de mariguana tallado.

Con el uso de maniquí­es, se contrasta el estilo de vestir de los narcotraficantes de los 1970″s, con pesadas cadenas de oro y gafas de diseñador, con los actuales, vestidos con ropas finas e incluso blindadas.

«Antes los traficantes eran más ostentosos, ahora no, pero siguen con armas de oro escondidas», dice el curador del museo.

En este museo también se hace referencia a Malverde, un bandido, según la leyenda, de Sinaloa del siglo XIX, parecido fí­sicamente al popular actor y cantante Pedro Infante y que se ha convertido en el «santo» de los narcotraficantes.

Y mientras la cifra de muertos crece, en este museo aumentan las placas y medallas alusivas a los militares caí­dos en el combate a las drogas. Suman 570 desde 1976, incluyendo 67 desde el inicio de la actual campaña antidrogas iniciada hace dos años.