Me había resistido a oscurecer los vidrios de los vehículos que he usado y en el que me desplazo actualmente, porque me parecía que yo estuviera escondiéndome de alguien o que anduviese con no muy recomendables individuos o con atractivas compañías del género opuesto.
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Ante mi renuencia a lo que llaman polarizar el automotor, mis hijos insistían en recomendarme que era por mi bien, pero porfiadamente me negaba a aceptar los consejos de mis familiares y amigos, a los que se sumaron explicaciones de algunos expertos en seguridad y también algunos simples conocidos que intervinieron en esta prosaica controversia. Hasta que…
Sí, el martes pasado llamé a Manuel José, el penúltimo de mis seis hijos y el más versado en rudimentarios asuntos automovilísticos, para que me recomendara un taller donde pudiera llevar el vehículo a que le ahumaran los vidrios. Mi súbita decisión pronto se supo en los corrillos familiares, porque mi hija Marita, la única mujer de mi prole, me llamó para indicarme que ella sabía de un técnico en la materia que hacía su trabajo a domicilio.
Como anillo al dedo, porque detesto manejar en horas de mucho tránsito.
Es que el lunes anterior a mis apremios, cuando me conducía por la calzada San Juan con destino a uno de los restaurantes de Las Majadas, a conversar con amigos sobre los temas más sublimes y estrafalarios del universo, cabalmente cuando esperaba que el semáforo ubicado casi frente al instituto Federico Mora encendiera la luz verde para proseguir la marcha, de repente escuché unos tres o cuatro insistentes golpes en el vidrio izquierdo del vehículo.
Volteé a ver y cuál sería mi asombro cuando me di cuenta que un arma de fuego me apuntaba mientras el nervioso muchacho que la maniobraba me urgía: ¡El celular! ¡El celular! El aprendiz de delincuente iba en la parte trasera de una motocicleta de pequeña cilindrada, que era manejada por otro granuja. Mi primera reacción fue gritarle al muchacho ¡No tengo! ¡No tengo! Y le mostré las manos.
De inmediato me percaté de que el arma con la que me amenazaba, era de juguete, por lo que le dije: ¡¿Y con esa cochinada me vas a asustar?! El piloto de la moto se dio cuenta de mi respuesta y ante la exigencia de su compinche que le dijo «Â¡vonós luego, vos!», aceleró el motor y emprendió la marcha velozmente entre decenas de vehículos que me antecedían.
Reflexioné acerca del incidente y me dije: O compro un arma para defenderme de cualquier atraco u oscurezco los vidrios del vehículo. Al día siguiente, dos personas polarizaron el vehículo. No vaya a ser que la próxima vez sea un delincuente profesional el que me asalte con arma de fuego. Pero cuando manejo me siento prisionero de mi libertad.
(Romualdo me cuenta que cierto futbolista nació prematuramente, por lo que los médicos que atendieron el parto lo colocaron en una incubadora, pero con vidrios polarizados, porque desde entonces era terriblemente feo).