Estimular, reconocer y motivar al buen trabajador, al rendimiento, a la eficiencia y productividad es sumamente conveniente para el empresario, para el trabajador que se distingue y merece ese reconocimiento material derivado de su eficiencia.
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Lo que no debe suceder es el confundir lo que es la garantía de salario mínimo con la productividad que obtiene y logra un trabajador por su eficiencia en comparación a otro que produce sólo lo básico.
Lo correcto y legal es que en una empresa se respeten los salarios mínimos, pudiendo -por mutua conveniencia- establecer metas de producción base o fundamental, que adicionalmente se cree el estímulo, el beneficio, la bonificación que comparta y premie el aumento de productividad.
En un país donde la desnutrición, la falta de entrenamiento y educación han sido una constante, no debe de extrañarnos que exista diferencia en la eficiencia entre uno u otro trabajador. Son los trabajadores más eficientes, hombres y mujeres, los que destacan, los que inmigran, los que se superan y los que como consecuencia obtienen mayor productividad, mayores posibilidades de ascenso y de entrenamiento.
En el transporte, una unidad puede hacer los recorridos o viajes en menor tiempo si el conductor no se detiene innecesariamente, si es una unidad de reparto puede ser más eficiente con solo programar de manera consecutiva sus repartos, según la zona, según el tráfico. Lo mismo en la construcción. Un albañil, un carpintero que ordena y planifica su trabajo, que se toma menos interrupciones o descansos, va a producir al final del día, mayor número de unidades que el que no lo hace. En la recolección de productos agrícolas, en el corte de caña se sabe que hay trabajadores que se distinguen por su eficiencia y productividad, lo mismo sucede en la maquilas, hay quienes cortan, cosen, empacan y producen mayor número de unidades de vestuario por su experiencia, por su eficiencia y aunque están realizando el mismo tipo de trabajo, su productividad es distinta. Nada impide reconocer y estimular la productividad, con un salario complementario por rendimiento, las empresas son más eficientes, más productivas cuando existe este sistema.
El pretender trasladar el riesgo del empresario al trabajador, es una muestra de falta de ética, de falta de conciencia, de falta de solidaridad, es una acción que busca la defraudación, es aprovecharse del más débil, del menos preparado. Por ello, es lamentable «la moda» que han sacado los voceros de CACIF y de algunas cámaras que los salarios deben de existir por productividad, violando una garantía laboral y constitucional, cual es la existencia «de un salario mínimo», salario que no es más que la base que se considera debe de pagarse a un trabajador que se inicia para que él y su familia tengan asegurado el mínimo de ingreso que les permita subsistir como seres humanos.
Cuando vayan a la Iglesia, cuando se arrodillen ante el Altísimo, pónganse la mano en el corazón, en la conciencia y pregúntense si les parecería justo trabajar por productividad o a destajo y sin salario mínimo. Respetemos al prójimo para que nos respete también. «Con la vara que midas serás medido y una cuarta más».