Esta semana presenciamos algún aspaviento provocado por la Vicepresidencia de la República en materia de combate a la corrupción mediante acciones que tienen la finalidad de poner en evidencia un esfuerzo por enfrentar ese flagelo que me parece causa de muchos de los males que sufre el país, incluyendo el tenebroso régimen de impunidad. Y digo que es aspaviento porque lo primero que tenemos que entender y reconocer es que el sistema nuestro, tanto administrativo como político, está diseñado cabalmente para que florezca la corrupción y mientras no le entremos de fondo a cambios importantes en esa materia todo seguirá igual por mucha propaganda que se haga.
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En efecto, partiendo del simple hecho de que nuestras autoridades electas tienen que recurrir a importantes financistas para hacer proselitismo ya podemos definir que hay una especie de origen espurio que obliga y condena a vivir en medio del tráfico de influencias. Y eso lo sabemos todos, como también sabemos que los mecanismos de control funcionan cuando se trata de contarle las costillas a un tesorero municipal de recóndito poblado del país, pero nunca cuando se trata de llevar la cuenta de lo que pasa con los millones que tiene el Congreso de la República, para señalar apenas uno de los ejemplos más conspicuos, pero que se repiten a lo largo y ancho de toda la administración pública.
Nadie ha querido entender que necesitamos una reforma profunda en los mecanismos de control y fiscalización y que la Ley Orgánica de la Contraloría de Cuentas demanda cambios profundos para darle no sólo más facultades, sino mayor independencia y autonomía tanto al ejercer funciones como a la hora de disponer de recursos para cumplir sus fines. No es criticar por criticar decir que la Contraloría es una cacharpa inútil porque ello es resultado de la estructura misma en la que tiene que operar.
El vicepresidente pretende que la población le confíe a él por ser quien es, pero ese mismo argumento fue el que se esgrimió en el gobierno anterior, cuando se dijo que habiendo salido de Portillo la llegada de Berger era una garantía de probidad y, como decimos en buen chapín, mamolas. Ni en las altas esferas ni en las intermedias ni en las bajas hubo más transparencia porque, repito, el sistema está hecho para alentar la corrupción y es infantil suponer que una persona puede ser la garantía de cambio, de transformación, aun suponiendo que fuera en verdad honesta.
No puede un país depender de la simple voluntad de un individuo o de su supuesta voluntad como para creer que ello hará que todo se vuelva transparente. Lo más importante es crear sistemas de rendición de cuentas que nos permitan imitar algo de lo que los sajones conocen como accountability, pero eso no se logra con protagonismos personales sino con la creación de sistemas. Ahora resulta que la Vicepresidencia se atribuye como si fuera su logro la Ley de Acceso a la Información que se viene discutiendo desde mucho antes de que el doctor Espada volviera a Guatemala. Esa ley ayudará en parte a lograr la rendición de cuentas, pero tiene que ser complementada con el diseño de sistemas administrativos que hagan posible detectar la información.
Y no olvidemos que el corrupto es hábil y astuto y generalmente no deja huellas por lo que los mecanismos de control tienen que ser creativos y eficaces, mucho más allá de la demagogia.