Dignidad y justicia para todas las personas. Tal es la visión emblemática que con ocasión de cumplirse mañana los 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, se festeja en el marco del «Día de los Derechos Humanos», el 10 de diciembre de cada año.
El actual Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, en su discurso alusivo a esta conmemoración afirma: «En este Día de los Derechos Humanos, confío en que actuaremos con arreglo a nuestra responsabilidad colectiva de defender los derechos consagrados en la Declaración Universal. Sólo podremos celebrar la majestuosa visión de tan inspirador documento cuando sus principios se apliquen plenamente en todas partes y para todos sin excepción».
Más adelante agrega: «Sesenta años después, rendimos homenaje a la visión extraordinaria de los redactores originales de la Declaración y a los numerosos defensores de los derechos humanos en todo el mundo que han luchado para hacer realidad su visión.» Sin lugar a dudas que como se afirma en los comunicados oficiales: «La Declaración Universal y sus valores básicos de dignidad humana inherente, no discriminación, igualdad, equidad y universalidad se aplican a todas las personas, en todos los lugares y en todo momento.»
«La Declaración pertenece a todos y cada uno de nosotros: corresponde ahora leerla, estudiarla, promoverla y reivindicarla como nuestra.» Concluye el comunicado oficial dado a conocer por tan singular aniversario. Indudablemente que nos corresponde además de leerla, estudiarla, promoverla y reivindicarla. En estos 60 años, no obstante, también se han producido algunas atrocidades que han echado cual escupitajo y desprecio la noble visión contenida en este instrumento de la humanidad.
En una rapidísima enumeración diremos que a su sombra se desarrolló la Guerra Fría y con ella, a menos de dos años de su aprobación por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en junio de 1950 se produce la confrontación entre las Coreas (la del Norte y del Sur), con la intervención norteamericana de la mano, entre otras intrusiones. í‰sta concluye oficialmente el 27 de julio de 1953.
Un año más tarde se produciría en nuestro propio suelo la intromisión estadounidense disfrazada de Movimiento de Liberación y se acabaría de un tajo, el respeto a nuestra dignidad democrática. Errores de unos horrores de otros. Ignominia de nuestra historia; vasallaje «redentor» aplaudido por unos y repudiado por otros. Es decir, también propio de ese tablero mundial que irónicamente dio en llamarse Guerra Fría, pues aquí la cosa estuvo tan caliente que después provocó que se entronizara hasta hacerse cotidiana la impunidad, entre otros males heredados de aquella «liberación».
Luego, apenas cuatro años después, en la península de Indochina se convertiría en el escenario mundial en la Guerra de Vietnam. Una y otra «súper potencia» se disputa el poco honroso merito de impulsar las más pronunciadas acciones de vejámenes contra la población civil vietnamita. Y así la lista continua y continua.
Pero mañana se debiera producir un alto. Hemos de comprender que «Dignidad y justicia para todos» no es un lema vacío. Es una necesidad que ha de superar las necedades propias de los egoístas, impulsores del enfermizo individualismo que le llamen como le llamen, es el origen de las miserias impuestas, como la fragilidad de nuestro Estado, por volver a mencionar algo que nos atañe.
Si las obstinaciones de aquellos poderosos egoístas que propiciaron esta distorsión de estado de derecho que hoy nos envuelve, vieran para sí el engendro que han producido, hoy no llorarían como desamparados, clamando la justicia que a las mayorías negaron con su utilitario proceder. Si pudiésemos entender que al hacer nuestro el espíritu y la visión de la Declaración, podríamos iniciar el camino para recomponer esta atrofia que llamamos Estado, entonces sí que habría Dignidad y justicia para todos