Si hay algo que nunca pude entender es lo que significa la expresión «obediente y no deliberante». Yo creo que ello fue lo que influyó más en mi decisión de no seguir la carrera de las armas. Es que no comprendo cómo un ser humano en un país libre y con leyes que garantizan la libre emisión del pensamiento pueda aceptar por decisión propia una restricción de tal naturaleza.
Pero para mí hay algo todavía más intolerable, el postularse y salir electo diputado para que al llegar a ocupar la curul en el Congreso de la República se vea obligado a aceptar la decisión del tatascán del partido o del jefe de bancada, de no poder abrir la boca ni para hacer pío, aunque así me lo exigieran aduciendo que eso es lo que conviene al partido o por disposición institucional. Disculpen, pero eso sería igual a rebajar mi dignidad a niveles insoportables.
Digo lo anterior, porque todavía no salgo de mi asombro de lo que leí el pasado lunes 1 de diciembre en Prensa Libre, que demuestra que sólo 98 (62%) diputados de 158, han hecho uso de la palabra en el recinto parlamentario y que los restantes 60 (38%) ni siquiera se les conoce el tono de su voz.
¿Increíble verdad, no le parece a usted estimado lector que irse a sentar a una curul sólo para levantar la mano o no hacerlo, resulta un insulto o burla para sus electores?; ¿no es esta otra clara demostración de la necesidad de reformar la manera cómo se designan y eligen a los diputados, cuando el votante no sabe por quién lo hace, sino simplemente se concreta a poner una equis sobre el emblema de un partido político postulante?
Una y mil veces he escuchado hablar de la dignidad de un diputado, ya que por ello se les da el calificativo de «dignatario». Pero eso no se logra con gastar los fondos públicos en viáticos y viajes innecesarios o ir a platicar al hemiciclo, a contar chistes, comer a mandíbula batiente y platicar descaradamente cuando otra persona está en uso de la palabra, sino a través de méritos, fuera por sus ponencias, participación activa en las comisiones de trabajo, por sus cualidades de orador, como de pensador y conocedor a fondo de las materias que en el Organismo Legislativo se analizan, discuten y se aprueban.
En mi peregrina manera de pensar creía que para llegar a ser buen diputado había que ser como Manuel Galich, José García Bauer, Eduardo Cáceres Lehnhoff, Jorge Adán Serrano, Clemente Marroquín Rojas y tantos más dignos representantes que, sin importar su profesión, ideología o credo o religión han sentado cátedra parlamentaria a través del tiempo y no para llegar a hacer todo lo contrario, por cuanto más se destacan, es cuando más bajan sus principios y valores.