Sólo cuando se reflexiona en los propios vicios se puede tener consideración por quienes luchan en ser libres. Los malos hábitos cuando se instalan y se les permite condescendencia constituyen una segunda naturaleza difícil de separar y aislarse. Este es el caso de quienes fuman, beben, son infieles o hasta se comen las uñas. ¿Quién no sabe lo difícil que es superar una mala costumbre?
Los fumadores tienen sus días contados. Están a las puertas de ser aislados del «mundo civilizado» y constituirse en parias, zancudos molestos de gente con repelentes. La época en que tranquilamente fumaban en las salas de redacción de los periódicos, los cines y hasta en los atrios de las iglesias ha terminado. En poco tiempo los caballeros guapos y elegantes del mundo de la pantalla que fumaban orondos y felices pasarán a ser poco menos que leprosos a quienes hay que separar so pena de cárceles y multas.
Las tabacaleras sufren, han empezado a reaccionar y a mentir (dicen que lo que les preocupa es la opresión en contra del género humano). Piensan quizá que el negocio del humo pueda restarles dividendos y sus jugosas ganancias a costa del cáncer que provocan (en los activos y pasivos) decrecerán inevitablemente. La lucha ha comenzado y no se sabe incluso si el Presidente -víctima viciosa del cigarrillo- tendrá el coraje de darle el «placet» a la iniciativa de ley.
Los fumadores desde hace algún tiempo viven días de adversidad. Yo he sido testigo cómo en la universidad fundamentalistas antitabaco han increpado a estudiantes por fumar en áreas incluso abiertas. Algunos soldados del ejército fundamentalista del «no fumarás» han decidido desembocar sus propias frustraciones en contra de quienes consideran perversos, contaminadores y malditos. Y eso lo hacían sin la ley en la mano, imagínese cuando tengan argumentos de verdad: serán los nuevos inquisidores del siglo XXI.
Quienes se convierten en jueces severos de los demás, se les olvidan los vicios propios. Se creen impolutos y sin mácula. Piensan que el mundo es «malo» no por culpa propia, sino por los otros. Olvidan que ellos también contaminan el mundo con su mal humor, con sus frustraciones a flor de piel y con ese maniqueísmo extremo con que vuelven inhabitable el planeta.
Estos quizá no provoquen la expansión del cáncer, pero sí vidas desgraciadas, complejos y hasta la morbosidad de hígados ajenos. Hasta ahora, quizá, no hay investigación sobre el mal provocado por estos contaminadores psicológicos, pero con toda certeza la calamidad es un hecho.
No intento defender a los fumadores: mis amigos del tabaco deben renunciar al hábito o irse a fumar a un campo de fútbol. Digo que a las tabacaleras se les debería de poner contra las cuerdas. Pero digo también que no hay que hacer un drama cuando alguien desea fumar. Afirmo que hay que tener caridad (amor, afecto, paciencia, buenas maneras) para pedirle a alguien que no fume cerca de nosotros. Intento decir que todos tenemos vicios y contaminamos el mundo, que debemos revisarnos porque si no es con el humo que arruinamos la humanidad es con otras expresiones que a menudo ignoramos. No hay que ser maniqueos.