Para preparar al país hacia el camino de la transformación, es necesario que participen todos los sectores de nuestra sociedad. Por supuesto que el poder de decidir la historia, de escribirla, de conformar un nuevo modelo guatemalteco, está ahí, en el mimo poder. Pues son ellos, por tener la sartén por el mango, los que tienen la potestad para dejar atrás un sistema que de manera contundente ha demostrado no funcionar. Sin embargo, hasta ahora nadie ha querido comprometerse con esta gran necesidad.
Lo saben en sus adentros y lo murmuran entre ellos, que el actual sistema simplemente no funciona. Pero les es más cómodo seguir así, es la manera en que se ha gobernado al país desde 1985, entre las tranzas y los negocios subterráneos. La nueva cultura política, la posmilitar de Latinoamérica.
El verdadero, folclórico y especulativo Wall Street de nuestro medio, la inversión económica en candidaturas presidenciales y partidos para la obtención de grandes negocios y privilegios posteriores. Así fue como se construyeron los grandes consorcios latinoamericanos, los slim y los salinas pliego en México y J. I. Cohen en nuestro país y quién sabe cuántos otros más.
Porque esta modalidad del nuevo híbrido, de capital y política, desde hace rato está ya en nuestra nación, en nuestro caso es el derivado de la Constitución de 1985 con su nefasta ley electoral, la inversión económica tras bambalinas con la complicidad de la actividad politiquera, mezcolanza que ha resultado mucho más rentable que el Wall Street de sus mejores tiempos, ya que ha dado como resultado que el poder, más que una herramienta para trasformar al país, resulta un suculento pastel.
Y un pastel que alcanza para todos, para todos aquellos que de manera gamonal se «han ganado» su propio espacio. Los llamados ministros de «cartera».
Pero esto ya apesta señores, pues por la misma corruptela nos estamos matando y muriendo de inanición. Sin embargo, nuestra deficiente cultura e idiosincrasia no nos permite identificar que desde 1985 hemos ido de mal en peor. Es un sistema que no ha funcionado pero el peor de nuestro males no resulta ser la violencia y ni siquiera la corrupción, nuestro padecimiento fundamental es esa apatía, la indiferencia, nuestra espera porque sean otros los que vengan a resolver nuestros problemas.
Por eso es que no son pocos los que han dicho que nuestra democracia está en juego, en peligro latente. Y yo estoy absolutamente de acuerdo con ellos. Pues en un sistema que permite eventos electorales donde cualquier caudillo haga promesas de cambios con ojitos de cangrejo entre los bolsillos, más temprano que tarde cualquier cosa puede pasar. Desde un Chávez hasta un Pinochet.
Aquí como que no se quiere comprender o se hacen los babosos, que el cambio no significa que un partido político deje de gobernar y sea otro el que llegue al poder. Como dice un anuncio por ahí, el problema no es el piloto sino la chatarra de carro que ya no sirve. Aunque ésta por supuesto resulta ser una reforma muy a la carta precisamente por sus características exclusivas.
No, lo que necesitamos es que la tarea de reformar al Estado y a la misma sociedad no se limite a los actores políticos y académicos del país, esta debe ser una tarea de toda la sociedad, pues ésta también debe participar en la renovación y consolidación de las instituciones, expresando sus opiniones y puntos de vista, pues somos nosotros los ciudadanos los verdaderos sujetos de la democracia los obligados a participar en los asuntos públicos, ya que en nosotros mismos se centra la posibilidad de llevar a cabo los cambios políticos que tanto necesita el país para salir de este círculo vicioso que nos está ahogando. De lo contrario no nos quejemos cuando más pronto que tarde esto llegue a tronar.