La sabiduría popular nos recuerda que «hablando se entiende la gente», que una «explicación oportuna reduce una cólera prematura o acentuada». Que acortamos nuestras diferencias si exponemos nuestros puntos de vista con claridad, responsabilidad y tolerancia.
La actual crisis financiera por ser mundial nos habrá de afectar, nos habrá de impactar y obviamente sus golpes no lo serán para «beneficio» de sector alguno. Todos saldremos lastimados. Unos más otros menos. Todos lastimados al fin. La problemática que nos agobia debiera ser un referente para impulsar un diálogo franco, sereno, objetivo, que pudiera constituirse en el punto de partida para una reconstrucción de alcance nacional.
Si no somos capaces de admitir nuestras limitaciones de todo tipo, entonces estaremos condenados a fracasar múltiplemente: la crisis sin lugar a dudas nos abatirá, los índices que nos señalan como Estado en incesante deterioro aumentarán sus marcas, alejando silenciosa pero inexorablemente a cientos de miles de guatemaltecos de una vida digna. La pobreza se enseñoreará y todos seremos súbditos del temor creciente a no tener certidumbre de absolutamente nada en concreto.
Debiéramos encontrar los puntos de convergencia que nos permitan salir adelante de la crisis que agobia el futuro que se nos avecina. Estamos a pocos días de recrear lo que en el mundo judeocristiano representa la más alta expresión de nobleza, de amor a nuestros semejantes y de una solidaridad llevada al extremo tal que el sacrificio ha significado, así nos lo han inculcado, la liberación de las ataduras de nuestras emociones engolosinadas.
Si no podemos concretar las bases mínimas para la construcción de una plataforma que edifique un diálogo constructivo, un diálogo franco, repito, en el que podamos tener la capacidad de manifestar nuestros desacuerdos, pero para resaltar los aspectos en los que coincidimos, entonces, entonces habremos fracasado una vez más. Y el punto para generar acciones y reacciones antípodas en los que se resalten nuestras debilidades y no nuestras virtudes, volverá a ser el caldo de cultivo para enfrascarnos en el mar de nuestros desaciertos y reafirmar que nuestras imperfecciones están dimensionadas con exclusividad por la percepción continúa de nuestros detractores.
Estamos siendo sacudidos por una ola que nos habrá de arrastrar si no nos preparamos para embestirla con agilidad, con creatividad; con humildad, pero con firmeza, con coraje pero sin la arrogancia de creernos los únicos poseedores de la verdad. Este es el momento del liderazgo que propone. Esta es la jornada para imponer, gracias a la persuasión de nuestras convicciones, el diálogo como punto de partida. Pero también puede ser punto de inflexión que nos lance al pozo de nuestra insolencia. Y allí, aunque seamos muchos, cada quien, cada cual, estará en su propia soledad. El país habrá perdido, habrá perdido una vez más.
Si a grandes males no somos capaces de encontrar grandes remedios, entonces habremos de sucumbir ante éstos. Este entorno aún con sus matices de distanciamiento político, aún con sus características contrapuestas, puede ser un oportuno escenario para que gane la creatividad que se genera a partir del diálogo. Puede ser, como puede no ser. De los principales interlocutores de la construcción del imaginario nacional, está la posibilidad. Ganar o perder. En principio de ellos depende. Al final todos saldremos afectados de una u otra ruta que se habrá de seguir en las próximas horas y días.