El guatemalteco olvida normas de buen actuar. Referente a generaciones anteriores, porque las actuales el bajón es descomunal. Por eso el actual estado de cosas tiene asimetrías que confluyen en direccionamiento hacia el total despeñadero, o barril enorme sin fondo, a la espera de las mismas.
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Sucede algo inverosímil por tanto suceso fuera de lo correcto, ético y legal; el asombro ya no da para más. Esa misma incapacidad de honestidad y sí de ambición, son pautas nunca vistas. Empero, al final concluye el connacional impávido en alto grado conviviendo con ellas; habrase visto, no hay derecho.
Entre las acciones increíbles pero ciertas, ocurren éstas ubicadas en las alturas. De esto cualquier persona de a pie lo rechaza firmemente, además, expresa una crítica severa. Tal el sonado escándalo de las indemnizaciones autorrecetadas por magistrados integrantes de las diversas cortes existentes.
Sin excepción alguna, a la cabeza la de Constitucionalidad, seguida de la Corte Suprema de Justicia, el Tribunal Supremo Electoral y Procuradurías. Ni una palabra más, ni una menos, están alineados con propósitos mancomunados.
Tras el asombro de rigor que nubla a veces las entendederas de corte populista, sobreviene la decepción y desesperanza. A donde dirija la mirada el hijo del pueblo encuentra un panorama negativo. El sucesivo desconsuelo invade y crece conforme transcurre el tiempo envolvente y a ritmo acelerado en demasía.
Elementales criterios puntualizan frontalmente que si los magistrados, electos para un período determinado, al concluirlo no hay por qué reciban indemnización: Dado que la relación laborar se descontinúa y finaliza al momento preciso de vencer dicho período. Por lo tanto no se justifica la indemnización cuantiosa.
La situación semeja el enfrentamiento entre David y Goliat de que habla la Biblia El primero de los nombrados es el contribuyente, auténtico ciudadano, carente de posibilidades; en tanto el segundo representa el poder, la fuerza imponderable y por encima de todo, la sin razón palpable y real.
Hace varias calendas que ocurren tales indemnizaciones autorrecetadas, causantes de rechazos e inconformidad de los gobernados. Quienes aunque enmudecen en ciertas ocasiones, otros vuelven con denuedo a protestar por esos mecanismos en mención que absorben miles de miles de devaluados quetzales de los contribuyentes.
Viene a cuento la aludida cuestión, originada por las tristemente famosas y célebres indemnizaciones autorrecetadas. Dentro del sistema vigente resulta difícil por no decir imposible, ubicar la instancia respectiva a donde dirigirse para que atienda y resuelva lo conducente a la mayor brevedad posible.
En ese sentido y otras de similar índole, color de hormiga, existen circunstancias calificadas como versiones suavizantes. Sobre todo, llamadas a solucionar el cúmulo de callejones sin salida aparente en la actualidad. De eso está saturado el acontecer cotidiano, ansioso de revertir acciones indebidas, sí señores.
No se descarta hoy en día, cuando el guatemalteco se topa aquí y allá con infinidad de problemas, que esas pretensiones logradas al final, de indemnizaciones al margen de la honestidad y vergí¼enza, tengan seguidores a granel. Es decir en todos los cargos de elección popular que subyacen, también reclamen esos emolumentos.