Quizá el sentido del humor sea una cualidad rara de la que participa muy poco el género humano. Lo «normal» -si así puede llamarse- es el gesto adusto, la literalidad, la falta de imaginación y la incapacidad de reírse del mundo y de sí mismo. Es moda en las personas tomarse en serio y jugar a formales, por eso tanto aburrimiento existencial y muerte prematura.
Este «handicap» humorístico es el que contribuye a envejecernos rápido y a que nos detestemos unos a otros. El formal no sabe reírse, se mantiene todo el tiempo con la corbata puesta y no deja el rol de jefe que le enseñaron en alguna escuela o universidad de mensos. Cree que ser profesor es distanciarse de sus alumnos y que si da una broma los jóvenes pueden faltarle el respeto y perder así la autoridad.
Si lee un texto no sabe sino interpretarlo al pie de la letra, no se le ocurre ni mínimamente que el escritor puede querer reírse, burlarse, usar metáforas, fingir o ironizar. Para quien padece de la «mancanza di felicitá», como dirían los italianos, las palabras sólo tienen un significado, por eso se pierde de la alegría de vivir, no goza la lectura y el humor le parece casi un pecado que no hay que cometer so pena del infierno eterno.
Esa falta de encantamiento vital puede tener origen no sólo en una personalidad desgraciada e infeliz, sino también en una ausencia de preparación intelectual espeluznante. El literal es un analfabeto humoral que supera con creces a quien simplemente no sabe leer ni escribir. Es la perfecta encarnación del vómito divino del Apocalipsis. Desde esta perspectiva es el fracaso rotundo de un sistema educativo que no enseñó ni siquiera a interpretar un texto cualquiera.
La falta de alegría puede provenir también de la privación de lecturas infantiles. Uno se imagina que un sujeto convencional y cuadrado no tuvo la oportunidad de que sus padres le leyeran cuentos antes de dormir. Es un adulto criminalizado intelectualmente, no sabe de Blanca Nieves ni de la Caperucita Roja, que ahora, cuando se lo piensa, recuerda que sólo se enteró de ellos por el cine que ya vio en su adolescencia, cuando había terminado ya la etapa de los sueños.
Seres así son los que pululan por las calles y leen los diarios. Tipos violentos porque el mundo ajeno no les cuadra intelectualmente, porque creen que los demás se burlan de su estupidez, un estado que en el fondo reconocen permanente y digno de ejemplo pedagógico. Por eso tanta frustración, tantos deseos de destruir y cobrarse la cuenta con el primero de la calle. Son tipos, también, que cuando pueden vomitan sapos y culebras en los periódicos al comentar un artículo que no entienden.
Tanta desgracia ajena no puede sino llamarnos a la indulgencia y a la precaución. La humanidad ha demostrado que muchas infecciones mortales pueden curarse, pero la enfermedad del payaso formal es incurable. Se necesitaría la reeducación o el sometimiento a una operación de literatura abierta, pero esto es casi tan imposible como volver a nacer.