La Guatemala de ayer


A principios de 1930 papá viajaba al interior del paí­s para un almacén de la capital llamado «La Elegancia» y sus compañeros de ruta fueron mucho tiempo don Miguel Torrebiarte y don Carlos Keller con quienes le uní­a una gran amistad; ninguno de los tres pasaba de los 23 años, pero por su entereza y formalidad parecí­an de 60. Entonces era frecuente principiar a trabajar cuando habí­a necesidad alrededor de los 15 años y cambiar las aulas por la Universidad de la Vida no era cosa rara entre jóvenes de familias de la clase media. Recorrí­an los caminos del interior de la República a lomo de bestia cuando apenas principiaba el tráfico de automóviles y por eso los llamaban caminos de herradura. Planificaban su recorrido entre uno y otro pueblo en donde pudieran descansar o encontrar bestias de refresco transportando las muestras de sus productos en animales de carga que, por lo general, se trataba de mulas por su resistencia y fácil mantenimiento.

Doctor Mario Castejón

Recorrer el interior de Guatemala en aquellos años igual que hoy no era muy recomendable. Los agentes viajeros seguí­an rutas peligrosas en las que podí­an ser asaltados y perder el dinero de las ventas, cuando no la vida. Existí­an los bancos en algunas cabeceras departamentales, pero era infrecuente el uso de documentos de crédito, las operaciones se hací­an con dinero impreso lo cual ya significaba cierto adelanto porque allá por 1902 en tiempos de mi bisabuelo cuando se vendí­an hatos de ganado o se hací­an negociaciones grandes el pago lo recibí­an en monedas de oro que eran llamadas «bambas» y para protegerse los seguí­a un séquito de hombres bien armados. Los agentes viajeros iban así­ de pueblo en pueblo y de feria en feria, comiendo en comedores rústicos o en algún rancho perdido si les agarraba la noche y apretaba el hambre, una vida que alternaba entre el rigor y la aventura. Recuerdo una fotografí­a de papá con don Miguel Torrebiarte junto a un Ford 1929 de los que usaban estribos a los lados y las llantas tení­an rayos como los de una motocicleta, el automóvil por supuesto no era de ellos ya que ninguno de los dos tení­a plata para pagárselo. Se veí­an sonrientes apoyados en el guardafangos, con el gran pistolón al cinto y con tantas balas en la canana como si fueran a participar en alguna revolución.

Don Miguel Torrebiarte Sohaní­n y mi papá, son personajes inolvidables que tení­an la honradez y el trabajo como un vicio compartido. Recuerdo a don Miguel allá por 1953 con un poco más de 40 años cuando pasábamos la temporada de Semana Santa en la Barra del Rí­o Jiote, en las Lisas. Era un hombre alto y de cuerpo fuerte con bigote poco poblado que hacia juego con la frente despejada, un hombre atractivo de fácil sonrisa y de trato campechano. En aquellas ocasiones lo acompañaban sus hijos mayores Carmelo, Juan Miguel y Carlos, y se las arreglaban para montar un campamento provisional. En esos años acompañaba a mi papá a la Panaderí­a Alemana en la 7ª. avenida entre 10ª y 9ª. calles de la zona 1 y pasábamos a saludar a don Miguel en su oficina del Calzado Cobán casi a la vecindad. Con el pasar del tiempo don Miguel a base de trabajo honrado habí­a cimentado una pequeña fortuna en Alta Verapaz luego de haber comprado la fábrica de Calzado Cobán y también una finca de café.

Recuerdo la ví­spera del Año Nuevo de 1967 cuando aquel hombre singular fue asesinado en un incidente ingrato en la carretera que conduce de Salamá a Cobán a la altura de la cuesta de Cachil. Ese Año Nuevo lo pasamos con Cristy mi esposa y mis papás en su casa de la zona 9, en donde fue velado. Esa noche volví­ a escuchar aquella anécdota de cuando eran jóvenes en la Guatemala de ayer y en una madrugada, en la ruta entre Mataquescuintla y Jalapa en la llamada Cumbre de la Soledad fueron detenidos por tres hombres que se hací­an pasar por agentes de la «Montada» la policí­a que empleaba el Gobierno de Chacón para frenar la delincuencia. Cuando el arriero que los acompañaba y que iba adelante descubrió que eran asaltantes gritó y principiaron todos a disparar y no pararon de correr hasta el próximo caserí­o. También salió a relucir aquella otra anécdota cuando don Carlos Keller con unos tragos de más estando en el teatro de Coatepeque en donde pasaban pelí­culas del cine mudo rollo por rollo, desenfundó el revólver y le disparó al villano cuando éste iba a matar al bueno de Tom Mix, con esto terminó la función. A don Carlos lo conocí­ en Quetzaltenango en donde tení­a un taller mecánico de primera categorí­a en sociedad con otro descendiente de alemanes don Carlos Meyer, por lo que el taller se llamaba «Dos Carlos», lo visitábamos con papá cuando seguí­amos esa ruta desde Quiché.