Gracias por enseñarme a pensar


Desde pequeño mi mundo estuvo marcado por momentos de entrañable belleza. Al igual que cualquier otro niño chapí­n de los setentas, mi mundo giraba en torno a las cosas simples que mi entorno alcanzaba a disfrutar y descubrir. Las tardes para mí­ eran más frí­as, especialmente en esta época, los barriletes se extendí­an más por el cielo, los trompos de punta de acero, los cincos, el yoyo, la música pop, el arranca cebollas, las trampas con monte, el timbre de doña Nery (q.e.p.d.), los frijoles negros con apazote de mi abuelita y mi mamá, la champurrada quemada. En las tardes, la obligada lectura televisiva de los Tres Chiflados, Lassie, Fliper, Rintintin y las caricaturas a color.

Lic. Carlos Escobedo

Aun recuerdo el barquito de papel recorriendo la orilla de la banqueta después de la lluvia, mis zapatos desgastados… para mí­ era la época color de rosa, en tanto el mundo y Guatemala se debatí­an en la controversia de la Guerra Frí­a.

A los trece, la inquietud de la novia, el palpitar del corazón agitado al ver la patoja que tanto me gustaba con su uniforme del colegio ¡de pronto!, surgen los conflictos emocionales, el despertar a la realidad, la imaginaria Guatemala que tanto disfrutaba se debatí­a en sus conflictos internos: la triste historia de la realidad polí­tica de los regí­menes militares de los ochentas.

Tres elementos dejaron marca permanente en mí­ alma y mí­ corazón: mí­ padre, los jesuitas y el padre Vidal Traina «el vieco» (le resultaba difí­cil pronunciar la J).

En los tres tiempos de comida en mi casa, sin saberlo, se sentaba a la mesa la señora conciencia, mi padre nos hablaba de la necesidad del cambio, de las estructuras de poder corrompidas por los regí­menes militares y la necesidad de oportunidades democráticas y representativas, era un demócrata cristiano consumado.

En el colegio. Los profesores sin ningún tipo de censura nos invitaban a pensar, a debatir, los sacerdotes jesuitas alimentaban el deseo por el cambio, la libertad era el lí­mite. En ese momento, la necesidad de transformación era tan grande para mí­ que en algún momento consideré seriamente abrazar el sacerdocio, era la única forma que encontraba de realizar el cambio en la estructura que tanto anhelaba.

Al llegar la universidad, la economí­a y la polí­tica, el discurso y a veces la retórica. Por un lado, el ser que deseaba cambios para Guatemala y el mundo y por el otro el ser necesitado de explicaciones lógicas, alimentado por el sano juicio de Ignacio de Loyola.

Pero esta tarde, apartado del tradicional análisis y con su autorización, he querido compartir con ustedes con este pequeño relato algunas de las muchí­simas razones que me motivan a escribir, a pensar. Antes de concluir mi aporte que parece no llevar a nada, como un modesto homenaje en vida, de aquel muchacho del Proyecto 4-4 que fui y que en esencia continúa siendo, quiero dejar patente mi mas profundo agradecimiento a mi buen amigo y mentor el padre Vidal Traina, el «vieco», el hombre sabio de Dios, que como muchos otros abandonó su patria Italia, el hombre que se abandonó en sí­ mismo para ser un guatemalteco más, un hombre que sufrí­a su dolor en soledad en aquella banca de la iglesia, pero que compartí­a su amor por Dios y por el prójimo. El hombre que me decí­a «vieco, no acolite, a usted que le gusta hablar, mejor métase entre el público y motí­veles a intervenir, cuando yo pregunte usted levante la mano y así­ la gente se motiva al oí­r a un joven», precisamente el padre Vidal refinó en mí­ el arte de amar a Guatemala a través de Dios. El padre Vidal me enseño el arte de no criticar sino de construir, desde la humildad, el padre Vidal con su ejemplo me enseñó que se trasciende más cuando se ama más, tal como él lo ha hecho por Guatemala.

Esta tarde, desposeí­do de mi «tacuche» de analizar, me he permitido rebuscar en las páginas de mi pasado, aquí­ sentado frente al computador y con humildad y aprecio sincero rendir, repito, un humilde homenaje a uno de los más grandes amigos italianos que Guatemala ha tenido y que sin duda con sus enseñanzas de vida desde el púlpito han dejado sembrada la semilla en hombres que intentamos pensar y aportar a Guatemala. Gracias, padre Vidal, por su entrega a mí­ paí­s, su paí­s, pero ante todo gracias por enseñarme a pensar.