Cuando usamos el concepto: «Televisión Nacional», nos equivocamos rotundamente, pues no existe, en Guatemala, una «Televisión Nacional». En primer lugar, porque los canales que conocemos constituyen un monopolio sustentado en un capital extranjero y, fundamentalmente, porque su producción y programación no responde a intereses verdaderamente nacionales.
Una verdadera Televisión Nacional tendría que ser, por lo menos, más independiente económicamente de capitales foráneos, ser más seria, profesional y responsable frente a las necesidades educativas del país y tener un proyecto claro de rescate y fomento de nuestra cultura.
Una verdadera Televisión Nacional privilegiaría nuestro arte, nuestros valores e idiosincrasia, sin menospreciar, claro está, el arte universal e, incluso, el comercial, si lo comercial es de alta calidad y no la basura que, en su pretensión de ser entretenimiento, no pasa de ser droga impertinente que adormece las mentes de niños, jóvenes, adultos y ancianos, a través de imágenes seductoramente brillantes, melodramáticas y de mal gusto que no incentivan, por ningún lado , ni el criterio ni la apreciación estética.
La mal llamada «Televisión Nacional» es un fraude cultural y político (en lo que el concepto político conlleva en el ámbito de lo cívico y ético), por cuanto ahora pretende llevar la «Cultura guatemalteca» a nuestros compatriotas que por razones de sobrevivencia, represión o inseguridad viven en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica. Si yo fuera uno de ellos, me daría vergí¼enza la identificación que se trata de hacer, a nivel cultural, entre estos canales fraudulentos y la cultura de nuestro país, pues no la representan, ni mucho menos reflejan, en lo más mínimo. Nuestros compatriotas seguramente permanecerán ignorantes de lo que en el ámbito de la verdadera y más profunda y auténtica cultura de nuestra nación acontece. Nada llegarán a saber, por ejemplo, de los avatares por los que transitan nuestra Literatura contemporánea, nuestra música sinfónica, nuestros maestros artesanos, nuestros actores y nuestro teatro (el verdadero, el propositivo y experimental). Con nuestra mal llamada «Televisión Nacional» nadie puede enterarse de las ideas que producen nuestros intelectuales, ni de los debates serios y académicos que en las universidades e instituciones culturales se perfilan como desafíos reales a la situación caótica que nos ha tocado vivir.
Urge pues, una televisión que esté al servicio de la cultura, una televisión que sirva a los intereses educativos de las masas, y que sea reflejo fiel y honesto de nuestra búsqueda formativa, a través de la imagen, para superación de nosotros mismos y de nuestra patria.
La televisión fraudulentamente «Nacional» sólo reacciona cuando sus intereses comerciales se ven amenazados.
Por otra parte, una televisión verdaderamente guatemalteca, no puede llevar ningún sesgo étnico. Lo «guatemalteco» está más allá de lo «maya», y, por supuesto y más que todo, mucho más allá de lo que acontece en el desprestigiado Congreso, la casa del no-pueblo.