El británico Lewis Hamilton (McLaren-Mercedes) se convirtió ayer en campeón mundial de Fórmula 1 al concluir el Gran Premio de Brasil, decimoctava y última prueba del calendario, ganada por el brasileño Felipe Massa (Ferrari) en el circuito paulista de Interlagos.


En un final no apto para cardíacos, Hamilton sobrevivió a un aguacero tardío para salvaguardar un quinto lugar que a la postre le posibilitó ganar el campeonato.
Massa ganó la prueba y durante algunos minutos creyó tener la consagración en sus manos, porque Hamilton se desplazaba sexto, detrás de Fernando Alonso (Renault), segundo, Kimi Raikkonen (Ferrari), tercero, Sebastian Vettel (Toro Rosso), cuarto, y Timo Glock (Toyota), quinto.
Pero en la última vuelta el británico superó a Glock, cuyo monoposto calzaba cubiertas para pista seca.
Hamilton se convirtió en el trigésimo campeón de la Fórmula 1 y así ese hombre formado para llegar a la cima desde su más temprana edad se desquitó del infortunio sufrido al final de la temporada 2007.
A los 23 años, Hamilton cumplió su destino. Apadrinado por McLaren-Mercedes desde sus inicios en las carreras de karts, la verdadera cuestión no era saber si llegaría a ser campeón sino cuándo.
El británico desembarcó en la F1 con toda su frescura el año pasado para convertirse en el primer piloto negro en la historia de la categoría y desde su debut tuvo la posibilidad utilizar uno de los mejores autos.
Una posibilidad remota que no dejó pasar y que estuvo muy cerca de aprovechar el año pasado cuando por un solo punto Kimi Raikkonen (Ferrari) le birló el campeonato.
De ese revés, Hamilton se levantó sin grandes heridas gracias a una fuerza de carácter extraordinaria. En este aspecto el británico hace referencia a menudo a su hermano minusválido Nicholas, su primer fanático. La sonrisa y el buen humor de Nicholas son para Hamilton una verdadera fuente de inspiración.
«Cuando no tengo buenos resultados, me anima y me ayuda a relativizar la situación. Su alegría de vivir me permitir recobrar la sonrisa», afirma el campeón.
Siempre positivo, a veces hasta la ceguera, Lewis Hamilton dispone de una confianza en si mismo inaudita que llega hasta la arrogancia.
Esa faceta puede hacer que el británico parezca arrogante, aspecto que lo aleja de los demás pilotos.
Pero esa fuerza de carácter le permitió al campeón digerir su decepción de 2007 para acometer con más bríos su objetivo.
Sin embargo, el camino hacia el título no fue un paseo. Hamilton no había cometido casi ningún error el año pasado antes de las dos últimas pruebas. Esta vez los inconvenientes se multiplicaron, como en Bahrein dónde enganchó de forma extraña a Fernando Alonso en la segunda vuelta, o en Canadá dónde provocó un choque en boxes o en el Gran Premio de Japón, donde la precipitación lo llevó a cometer errores.
«Cometí más equivocaciones que el año pasado, pero a veces es difícil refrenar en la pista los instintos que se desarrollan a los ocho años», se justificó hace poco el británico al referirse a las maniobras arriesgadas que a veces realiza.
Afortunadamente para él sus principales rivales, Felipe Massa y Kimi Raikkonen, ambos de Ferrari, también cometieron un lote de errores. Y Robert Kubica (BMW Sauber), otro piloto de gran perfil, no dispuso de un arma adecuada para pelear hasta el final.
En todo caso el resultado está allí: doce años después de Damon Hill los británicos disfrutan de un nuevo campeón. Aunque es demasiado temprano para vaticinios porque la próxima temporada será escenario de importantes cambios en la reglamentación que podrían poner de cabeza del statu quo de las escuderías, el reinado de Hamilton parece asegurado por largo tiempo.