Agobiado por las campañas negras en su contra, el entonces candidato ílvaro Colom dijo en pleno proselitismo que esa sería la última contienda dominada por esa deleznable práctica porque establecería normas orientadas a tipificar como delitos electorales la práctica del insulto y la difamación basadas en el anonimato que encontró en Internet el medio propicio para su efectiva difusión. Ahora, cuando se van conociendo algunos detalles de la propuesta de reforma a la ley electoral, no puede uno sino concluir que no habrá ningún cambio significativo y que la política seguirá con el tono de siempre porque, al fin y al cabo, la decisión de modificar la ley está en manos justamente de los políticos.
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Viendo el proceso electoral norteamericano en el que hay tanto interés por las dimensiones históricas del momento, tanto por la posible elección de un presidente de color como por la crisis económica, uno se da cuenta que la democracia está realmente en trapos de cucaracha por obra y gracia de la labor que realizan los expertos en las campañas de desprestigio, de descalificación y para sembrar el miedo entre los electores. Se pasa uno viendo los canales de la televisión norteamericana y no encuentra un mensaje propositivo entre los que publican los republicanos, puesto que todos, sin excepción, están dirigidos al ataque contra la personalidad del rival y a advertir a la población de los graves peligros de elegir al candidato Obama.
Técnicamente no es una campaña negra, porque el ataque no es anónimo sino que se hace con el expreso respaldo de John McCain y en esta ocasión no han proliferado los grupos paralelos como los que se encargaron de atacar a Kerry hace cuatro años. Pero eso no cambia el hecho de que se miente y se engaña al elector con argumentaciones falaces como las que hemos visto nosotros a lo largo del tiempo y con mayor énfasis en los últimos procesos electorales.
Creo que de no ser por la crisis económica y por los errores graves cometidos por McCain, incluyendo la nominación de la superficial Sarah Palin como candidata a la Vicepresidencia, la historia sería otra y los expertos en las campañas sucias estarían listos para cosechar otro triunfo. Las cosas se han pintado de manera distinta porque la gravedad del momento provocó en las últimas semanas un cambio fundamental hacia la posibilidad de cambio, de abandonar las políticas trilladas en estos ocho años de administración republicana.
Pero el caso es que los políticos cada vez evidencian más sus bajas tendencias y cuando en manos de ellos está fijar las reglas y controles, obviamente no se van a poner ellos mismos la camisa de fuerza si saben que como están las cosas funcionan en su propio beneficio. Creer, por ejemplo, que los diputados van a aprobar una iniciativa para reducir el tamaño del Congreso de acuerdo a lo que es un evidente clamor popular es absurdo; suponer que implementarán mecanismos para eliminar el tráfico de influencias y la compra de conciencias mediante el financiamiento de los partidos políticos es aún más ingenuo, porque tal y como están las cosas pueden gozar de abundantes cantidades de dinero y luego lo único que tienen que hacer es pagar los favores con el dinero del pueblo.
Cuando a Colom le apretó el zapato porque estaba siendo víctima de la andanada de ataques bajos en su contra, pensó en la necesidad de cambiar las normas para atajar la suciedad en las campañas, pero si esa tarea les toca a sus diputados, éstos preferirán la política de siempre que, al fin de cuentas, les ha resultado muy positiva.