La crisis financiera mundial y la guerra en Georgia sirvieron a Nicolas Sarkozy, en su doble función de presidente francés y de la Unión Europea, para multiplicar iniciativas y forjarse un liderazgo internacional.
En agosto pasado, utilizando el peso diplomático y político de la Presidencia de Francia, miembro del G8 y del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, coincidente con la presidencia de la UE, Sarkozy, de 53 años, no vaciló en viajar a Moscú para buscar una solución al conflicto en Georgia.
El resultado fue el cese del fuego del 12 de agosto, una semana después del inicio de las hostilidades, más allá de que le acusaran de haber hecho demasiadas concesiones a Rusia en un acuerdo redactado en términos imprecisos.
El 23 de septiembre, cuando irrumpió la crisis financiera en el mundo desarrollado, Sarkozy aprovechó la tribuna de las Naciones Unidas para proponer soluciones a nivel mundial, después de haberlo hecho unos días antes en Tolón (sur de Francia), reivindicando el papel del Estado y pidiendo regular las finanzas globales.
Con el llamado a una convocatoria «lo antes posible» de un nuevo «Bretton Woods» de la finanza mundial, Sarkozy señalaba que «lo importante es que nos comprometamos todos juntos en la organización de una cumbre, para que mañana, las mismas causas no produzcan los mismos efectos», refiriéndose al derrumbe de los bancos y de las bolsas.
Esa misma semana Nicolas Sarkozy lograba imponer, durante una mini cumbre en París de los grandes de Europa (G4), la idea de una respuesta conjunta a la crisis, aunque todavía resistida por la primer ministra alemana, Angela Merkel.
Adelantándose a las críticas por lo que aparecía como una unidad de fachada, Sarkozy señaló que «lo que es más importante, es que ante una crisis mundial Europa existe y presenta una respuesta».
Diez días después, en una nueva cumbre que superó las cuestiones pendientes de la primera, los 15 países de la Eurozona inspirados por una medida ya aplicada por Gran Bretaña acordaban un plan coordinado de nacionalizaciones totales o parciales de las instituciones financieras en dificultades.
Estados Unidos, posteriormente, adoptó un plan similar.
Ese mismo día y fuerte de este respaldo de la Eurozona, Sarkozy reiteraba la idea formulada ante las Naciones Unidas y llamaba inmediatamente a la organización de una cumbre para «refundar el sistema financiero internacional».
El 19 de octubre, Sarkozy convenció al presidente estadounidense George Bush, durante una visita relámpago a su residencia de descanso en Camp David, de convocar a una cumbre del G20 -el G7 y Rusia más los principales países emergentes- después de las elecciones presidenciales nortaemricanas del 4 de noviembre.
En medio a sus iniciativas sobre la crisis financiera, Sarkozy logró en una reunión con el presidente ruso Dimitri Medvedev, el 8 de octubre en Evian, sur de Francia, que Rusia aceptara retirarse de Georgia, como lo preveía el acuerdo de alto al fuego, aunque no de las dos regiones rebeldes, lo que días después se concretó.
Según los analistas, Sarkozy ha aprovechado de una coyuntura excepcional para llenar un vacío de liderazgo y una falta de reacción, sobre todo frente a la crisis financiera internacional.
El semanario francés «Le Courier International» de esta semana dedica su portada en forma de caricatura a «Super Sarko, que el mundo nos envidia».
Estima que en el G8, Sarkozy «enfrenta a dirigentes totalmente desacreditados (Bush), viejos y sin ambiciones (Berlusconi), empantanados en una coalición (Merkel), o muy agresivos (Medvedev o Putin)».
Para Le Courrier International, sólo Gordon Brown sale bien parado, y recuerda que el primer ministro británico inspiró hace quince días el plan europeo de socorro a los bancos, aún cuando recuerda que «no puede sacar provecho político debido a los problemas en su país».
«Y porque no tiene el coraje político» de Sarkozy, concluye.