Hace algunos años tuve una relación pasajera con una española que estaba de paso en Guatemala, trabajando, decía, pero sobre todo vagabundeando en estos países centroamericanos como una mochilera profesional. No fue un amor a primera vista, en absoluto, pero me gustó mucho esa manera desenfadada de ver la vida y la forma cómo expresaba sus convicciones con naturalidad.
De ella me recuerdo cada que sé de alguien que se muere de amor porque Gloria (así se llamaba mi beldad) se burlaba de mis sentimentalismos «posmonásticos» cada que evocaba un cariño pasado. Yo le decía que mis experiencias amatorias eran brutales, me marcaban y tardaba siglos, años o muchos meses en distanciarme de esa persona a quien yo, románticamente, le entregaba mi alma -puro cura-. Ella se reía de mí y dándome besos afirmaba que era todo lo contrario: «Yo no sé estar con un hombre más de dos años».
Es inevitable, me explicaba, estoy segura que se debe a la pérdida de «química» (y enfatizaba las palabras) que desaparece con el tiempo. Por eso, continuaba, me gusta lo que vivimos ahora: «estamos en el pico de las relaciones amorosas». Siempre me gustó ese lado cristalino de Gloria porque incluso, quizá para que no me hiciera ilusión, con tiempo le puso límite a lo supuestamente nuestro: «en tres meses, cuando regrese a España, los dos quedaremos libres. Ni se te ocurra llamarme por teléfono» -de todas formas nunca me dio su número-.
No puedo decir que no haya aprendido de mi amiga de pocas noches a ser desapegado porque, después de ella, he sido más calculador e infinitamente más libre en cuanto a relaciones se refiere. Pero he tomado distancia de otras teorías que ella vivía con convicción. No afirmo, por ejemplo, que la química desaparezca en dos años (porque a veces el fenómeno ha ocurrido en semanas y otras más bien han tardado más) pero he aprendido a no ser trágico en amores.
Esa manera enfermiza de amar quizá tenga que ver no sólo con nuestra naturaleza típicamente latinoamericana de considerar la existencia, sino también a resabios de un cristianismo mal comprendido. En cuanto a lo primero, diría que parece evidente la forma trágica y sentimental con que muchos viven el amor. Las pruebas abundan y es por eso el éxito abrumador de compositores tales como José Alfredo Jiménez o Armando Manzanero. El latinoamericano suele ser un romántico consumado y por eso no es raro que mate por amor y sueñe con romances eternos.
El cristianismo, por otra parte, ha insistido tanto en las relaciones monógamas, la virtud de la castidad, la pureza de María y la virilidad del casto san José, que los feligreses se han tragado la píldora completita. Por eso viven tan dividido en su fuero interno: por una parte (la oveja) es una bestia que quisiera copular con todas las mujeres que se encuentra por la calle o aparecen en la televisión, por otra, intenta expresarle a su pareja que ella es la «única», el centro de su vida y lo que le da sentido a todo. Por eso es que el latinoamericano necesita beber mucho (esta es mi teoría) para encontrar su equilibrio vital. Bebe para, por un lado, desinhibirse y poder cortejar a la señorita del bar o la cantina y, por aparte, para recordarse del afecto que le tiene a la mujer de turno.
Las tragedias amorosas, sin embargo, con el tiempo van a ir desapareciendo. Necesitaremos, eso sí, muchas Glorias que nos enseñen a no ser tan exagerados en el cariño y a tomar la vida, como ella me decía, más relajadamente.