Decir que a nuestro país, a la clase media y a ese enorme 59% de la población que está en pobreza y extrema pobreza no le afectará mayormente la crisis de los Estados Unidos, es una afirmación de ignorantes o de cínicos y mentirosos. El 3 de marzo, bajo el título «Recesión e inflación», expresé que independientemente de los criterios técnicos y burocráticos, de los integrantes de la Junta Monetaria, del sector público y privado, no deberíamos dudar que se avecinaban tiempos económicamente difíciles. Indiqué que si la presidenta del Banco de Guatemala y los integrantes de la junta se equivocaban «a ellos no les afectaría ni en sus elevados salarios, ni en sus dietas, ni en sus fabulosas pensiones de retiro, al resto de guatemaltecos sí.»
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No es la única opinión que he publicado al respecto. El 24 de marzo opiné, bajo el título: «Salió Berger y apareció la inflación», también me manifesté sobre el mismo tema en abril, mayo, junio y agosto, hoy nadie se atreve a negar que la crisis se ha convertido en una depresión económica tan severa, aunque distinta, a la de la década de 1920-1930.
No es necesario ser economista, tampoco ser banquero, ni miembro de una asociación de análisis económico, basta tener la experiencia y la intuición para saber comprender, presentir y anticiparse a una evidente tormenta social y económica como la que está azotando al mundo y a nuestro país.
Los aspectos que más nos afectarán son: el de las remesas familiares, que gracias a un millón y medio de mujeres y varones guatemaltecos, recibe el país, enviado a sus hijos, esposas, padres y demás parientes para que coman, para que subsistan. Este mes, a México ya le significó un decremento de más del 12% de sus remesas.
Un segundo aspecto que nos afectará será en nuestras exportaciones, recordemos que aproximadamente el 70% de las mismas son realizadas a los Estados Unidos y aunque mantengamos el mismo volumen, los precios se verán afectados por las presiones de los compradores, por la necesidad de ahorrar y rebajar el gasto de los consumidores norteamericanos. El porcentaje puede ser de un 15% o más.
El tercer aspecto que sin duda alguna nos impactará, será la baja en el sector turístico, que no siendo un gasto prioritario, los norteamericanos y europeos prescindirán de parte de sus viajes de descanso y recreo al exterior. Esto podrá llegar a ser un 25% de nuestros ingresos de turismo, al no utilizarse hoteles, restaurantes, y compra de artesanías.
A los tres aspectos ya señalados, se agregará en una proporción que no pueden cuantificarse, las inhumanas, agresivas y ofensivas deportaciones que le aplican a los guatemaltecos las autoridades norteamericanas, que se niegan a otorgar un trato o un TPS, igual que el que le otorgan a los hermanos del Salvador, Honduras y Nicaragua.
La necesidad, el hambre, la falta de oportunidades de trabajo, de mejora de ingresos salariales, como lo evidencian las encuestas publicadas por ASIES, son luces amarillas y rojas que se prenden en el tablero de la sociedad guatemalteca. Esto será el campo propicio para que en parte, por necesidad de un elevado sector de la población, aumente la inseguridad, los delitos relacionados a la desesperación y al hambre. Las precarias ayudas que a diferencia de México, Colombia, Perú y Bolivia, nos ofrecen los funcionarios norteamericanos para combatir el tráfico de drogas, no servirá pero ni de adorno.
El Ejecutivo y el Legislativo tienen que tomar medidas urgentes, especialmente en los precios y salarios o prepararse para una gran crítica.