El volar barrilete siempre ha sido una actividad de sana recreación para grandes y chicos, y una tradición guatemalteca que en algunos lugares del país se realiza de manera religiosa, para rendirle tributo a los muertos.
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Volar un barrilete es típico en esta temporada del año, ya que las lluvias cesan y los vientos aumentan su fuerza, los cielos se vuelven más azules, y sobre todo, las vacaciones de los niños se encuentran en su apogeo.
Pero para un grupo de niños que habitan debajo del puente El Incienso, esta actividad de diversión inocente se puede convertir en algo peligroso y hasta trágico, debido a las amenazas que los rodean.
Estar de pie y apoyarse en el barandal para maniobrar y volar el barrilete, la circulación de miles de vehículos en dicho puente, hasta el contacto del hilo del cometa con cables de energía eléctrica de alta tensión, son algunos de los peligros que enfrentan estos pequeños en lo que bien podría ser la única diversión que tienen para poder distraerse en esta área, aunque sea un rato y de la manera menos costosa posible, pues los niños afirman que los barriletes que utilizan los fabrican ellos mismos.
Y es que un lugar como el puente no puede ofrecer mayor distracción o esparcimiento a los niños de la comunidad que viven bajo esta estructura, y que ya se encuentran de vacaciones, debido a su ubicación. No hay espacio para canchas deportivas y debido a la situación actual, el área en si es un lugar peligroso debido a los altos índices delincuenciales.
Pero igual, a estos «vuelabarriletes» pequeños no les importan los peligros con tal de poder ver al barrilete de su creación surcar los cielos. Jugar libremente con el viento agitando el hilo que es el único vínculo que lo aferra a su dueño, que maravillado y talvez hasta con cierto deseo de poder ser cometa, volar por los cielos, lejos de una realidad en donde el más pobre o el menos afortunado no puede divertirse de otra forma que no sea buscando el peligro.
«A veces el barrilete se queda trabado entre los cables» comenta inocentemente uno de los niños, «los intentamos destrabar pero se quedan ahí para siempre, cuando eso pasa lo que hacemos, es mejor construir otro barrilete y seguir volando» finaliza con una sonrisa en su rostro.