Trabaja, en los años 40s., en el bufete del abogado Gregorio Aguilar Fuentes, sito en la 11 calle entre 6a. avenida «A» (Callejón de Córdova) y 7a. avenida, hoy del Centro Histórico, allí me tomó la época en la que cobró fuerza el movimiento que culminó con la abolición de la dictadura Ubiquista de los 14 años.
No obstante el control judicial sobre los ciudadanos, los «conjurados», éstos, lograron sortearlo y así se tuvo el valor de pedirle la renuncia al dictador con la presentación del histórico documento que se denominó «de los 311».
La oficina de don Gregorio se mantenía con vigilancia extrema porque el licenciado Efraín, su hermano menor, le encargó que viera sus asuntos personales en tanto él estaba en la Penitenciaría; para mí, es el mártir precursor del 20 de octubre de 1944. El bufete de don Gregorio lo fueron estrangulando, pues los clientes así como los amigos colegas que lo visitaban se fueron ausentando porque al salir eran asediados por el «judicial» de turno.
Cuando surgió la idea de redactar ese histórico memorial, se buscó un mecanógrafo de confianza y me eligieron a mí por la cercanía con don Gregorio, y así me correspondió mecanografiar el primer borrador, el cual se hizo en la oficina del abogado Adalberto, hermano de don Gregorio y que no tenía vigilancia, bufete situado en la 10a. calle, casi al frente del callejón de Córdova y vecino a la ampliación de la Juguetería. La casa, con amplio frente, tiene oficinas, hacia oriente y una fotografía hacia el poniente con un portón central, con un comedor al medio. Las oficinas como la fotografía con acceso por dentro, en forma de escuadra y podía recorrerse de un extremo a otro sin que hubiera vista desde la calle.
El día fijado para la redacción del borrador, «los conjurados» fueron entrando por las oficinas y por la fotografía hacia el bufete interno, de don Adalberto. No recuerdo el nombre de los abogados que integraron la comisión redactora, solo tengo presente a un señor, don Manuel, que tenía una voz de barítono por lo que a cada poco tenían que decirle que bajara la voz; otro que también hablaba fuerte, me parece que era el doctor Bianchi. Ya reunidos, con mi presencia frente a la máquina de escribir empezó 1a discusión y el dictado, discusión que no fue fácil, pero optaron por delegar en una persona esa responsabilidad que recayó en don Adalberto.
Recuerdo que uno de los asistentes le preguntó al doctor Bianchi que por qué hablaba recio y como si estuviera regañando, y él le dijo que antes hablaba suave pero ninguno le hacía caso, por eso, agregó, ahora hablo recio y a la vez dio un puñetazo en el vidrio del escritorio, grueso, pero lo rompió.
Se terminó la discusión de ese histórico borrador y cada quien fue saliendo por donde entró. Más adelante habría otras reuniones para ir tomando pareceres hasta que quedara terminado ese documento de los 311. Yo, por supuesto, ya no supe más de él, sino hasta enterarme de su presentación y posterior renuncia del Dictador.
Decían que sus «allegados» le hacían creer a Ubico, que era un grupito de descontentos, pero el día de la manifestación de la entrega del memorial, él vio desde un telescopio que hay en el despacho presidencial que no era un grupito el cual era encabezado por honorables personajes de la vida política del país.
Después de esa reunión en el bufete de don Adalberto, llegaron unos vidrieros, por encargo del doctor, a tomar las medidas del que había roto.