Menciono el dicho común que la niñez es el futuro del país. Añado, también, representa el presente. Pero si éste constituye un constante asedio y nada propicio para su nivel de vida, el panorama por hacer acto de presencia implica algo crítico y dañino, sin temor a dudas. Los hechos lo demuestran.
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En tal sentido semeja que llueve sobremojado a nuestros infantes de ambos géneros, máxime en los actuales momentos calificados de salidos del camino correcto, humanitario y personalizado. Encuentran asedios dondequiera, verdadero calvario, capaz de amargarles la existencia, no color de rosa y felicidad.
Como auténtico problemón sociocultural desde las raíces familiares, tiene a título de efecto pertinaz, causas profundas, casi enraizadas en el colectivo. Por ello viene a ser un compromiso compartido del hogar, escuela y autoridades, más el ingrediente poblacional. Una alianza efectiva amerita ya.
Campañas sistemáticas, programas, proyectos y cualquier acción benéfica puede ser si no la solución definitiva, al menos un alivio considerable. Eso y más son llevados a cabo con relativo entusiasmo y empeño, empero es menester formar conciencia en la población. Allí está el fundamento, aun distante.
Por eso, por esa suerte sin suerte, las celebraciones atinentes al Día del Niño carecen de realidades y se enmarañan en su mundo cruel. En concreto son manera prosopopeya, mayormente en el área rural, a donde la vida es muy diferente, aunque suene a contradicción por estar en contacto con la naturaleza.
Hay que reconocer, sea como sea, que el asedio a la niñez empieza en la mayoría de casos en el propio hogar. A parte del maltrato que deja traumas, lo peor consiste en los abusos sexuales cometidos en contra de ellos, de parte de miembros del mismo clan, cuando no, protagonizados por amigos del grupo familiar.
Nacen, crecen y viven en un entorno responsable de las acechanzas siniestras, inscritas en todos los años que acumulan con dicha agresión a cuestas.
Las violaciones del mismo orden sexual conforman un drama de gran impacto emocional, bajo los aleros de sus viviendas en el marco antiguo del tiempo moderno.
Digan si no lleva el membrete de asedio a los infantes de ambos géneros el caso frecuente en el conglomerado. Con índices alarmantes en el ambiente campirano, los padres obligan a los menores a efectuar trabajos de personas mayores, plagados de riesgos a su seguridad y de espaldas a su dignidad.
Resultan deleznables a la luz cotidiana, equivalente a lugares comunes el constante señalamiento que por la pobreza y extrema pobreza, los niños y niñas ayudan a edad tempranera a sostener el hogar. Y que significa inclusive -aducen- responde a los usos y costumbres sociales y culturales del medio.
Pero las cosas adquieren un cariz de alta peligrosidad y acechanzas mayúsculas, a tono con el momento actual, en desmedro de los pequeños. Hoy en día, junto a las acciones del mal, violencia y delincuencia, las acechanzas consisten en ser extorsionados en las escuelas de parte de pandilleros.
Y si eso fuese poco en contra del futuro y presente del país, también son reclutados, a modo de blanco perfecto para ingresar a las filas de las «maras». Hasta pretenden sean activos como sicarios, al ampro de pertenecer a una edad menor que los libra de sanciones severas del orden judicial. Que Dios los proteja.