Cuando grupos o personas individuales sugieren, recomiendan, piden, reclaman o exigen la depuración del Congreso de la República, en medio de mi ignorancia o ingenuidad sobre aspectos de política parlamentaria me pregunto quién o quiénes serán los individuos o cuáles serán las organizaciones sociales, culturales, mediáticas o religiosas que tendrán a su cargo esa noble cuanto ingrata tarea.
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También me asalta la duda sobre el procedimiento que se emplearía y los parámetros que se utilizarían para determinar qué diputados merecen seguir ejerciendo sus funciones legislativas y qué congresistas serán los que deben abandonar sus oscuras curules.
Me pongo a meditar si se ha pensando en que los parlamentarios se sometan a una especie de examen privado que permita establecer su grado de conocimiento legislativo, o si se ha planeado instituir pruebas psicométricas que demuestren las habilidades, el temperamento y el coeficiente intelectual de los diputados, quienes, además, deberían pasar por el detector de mentiras, a fin de que comprueben que nunca han recibido un soborno, jamás se han apropiado de una laptop u otro objeto ajeno y siempre han velado por los intereses de sus electores.
Traigo a colación estas vanas disquisiciones a propósito de la aparente soledad en la que se ha quedado la diputada Nineth Montenegro, después que dos congresistas abandonaron la minibancada del partido Encuentro por Guatemala y una legisladora hizo lo propio, aunque en este caso era de preverse, como la misma fundadora del GAM lo reconoció cuando la diputada Otilia Lux de Cotí anunció su retiro de ExG, puesto que dedicará sus esfuerzos a consolidar el proyecto político de la señora Rigoberta Menchú.
En más de una ocasión he lanzado ligeras críticas a la parlamentaria Montenegro, especialmente cuando se le vinculó con los intereses del empresario Dionisio Gutiérrez; pero en ningún momento he dudado de su valentía, persistencia y claridad en fiscalizar el presupuesto general de la nación, específicamente el del Ministerio de la Defensa y los onerosos gastos del Ejército.
Ni siquiera el más recalcitrante adversario suyo no reconocerá el trabajo que la otrora contestataria activista de los derechos humanos ha realizado en el Congreso de la República, de tal manera que si llegase a consumar la amenazadora depuración legislativa, la diputada Montenegro no sería medida con el mismo rasero con que se tase a diputados que han estado y permanecen en el ojo de la opinión pública a causa de sus relucientes actuaciones reñidas con la legalidad, la ética y la moral.
Además, estoy convencido de que el retiro de tres legisladores del bloque Encuentro por Guatemala, especialmente los dos diputados que renunciaron antes de la señora De Cotí, no afectará en absoluto el trabajo fiscalizador de la representante Montenegro, que, en este sentido, no necesita tecomates para nadar.
(Un diputado depurable le confía a Romualdo: Fijáte que mi suegra me confunde con el Creador, porque cada vez que me ve exclama «Dios mío, borracho otra vez»).