Continuamos en esta columna de hoy con nuestros apuntes sobre la música de Robert Shumann y como homenaje a Casiopea, esposa de lucero, miel y canto en su alma de puntillas da todo el vibrar sonoro de los mares ancestrales y nutre mi sangre apasionada.
La Estética y el Estilo
¿De donde procede la unidad de Shumann? Es decir ¿Cómo es posible que el admirador de Bach y de Beethoven, el amigo de Mendessohn haya escrito una música tan radicalmente diferente a la de ellos, a la vez que tan distinta de la que escribieron sus contemporáneos?
Shumann expresa un universo que sólo pertenece a él. Incluso en el seno del universo romántico se inscribe como una entidad aparte en donde lo real se mezcla con lo irreal, en el que la frontera entre ambos mundos se mueve sin cesar a capricho de la fantasía o del instante que pasa.
De hecho la naturaleza de Shumann es esencialmente emotiva y sensitiva. Los mensajes que capta del mundo exterior imprimen en él una marca profunda que exacerba su aguda sensibilidad y moldea su inteligencia, despierta siempre. Así se le ve reaccionar a la vez como poeta compositor y como intelectual romántico.
Su época, sus lecturas, sus amistades, le moldearon de modo excepcional. Esta es, sin duda, una de las razones por las que se opone de forma tan violenta al estilo de los clásicos para quienes, desde Bach hasta Beethoven, la tendencia consiste en desembocar sobre lo universal, en unirse a los grandes móviles fundamentales de la vida humana en general: La religión, búsqueda de Dios, aspiración al amor, a la fraternidad, a la libertad, son, entre otros más profanos, los temas esenciales de los músicos habituados a moverse a sus anchas en medio de las formas mayores: oratorios, sinfonías, conciertos, sonatas… Aunque adopten otros esquemas más reducidos como los nocturnos de Haydn, las fantasías de Mozart, o las Bagatelas de Beethoven. La intención creadora parece querer permanecer al margen del gran camino real e incluso el término empleado por Beethoven subraya bien la escasa importancia concedida a esas páginas sueltas de un estilo complaciente.
En el largo soliloquio consigo mismo, Robert Shumann sabe dar efecto a su yo en trance de confesión, la dimensión suficiente que, haciendo saltar el estrecho marco de su persona, le lleva a integrarse en las fuerzas del cosmos. No por egotismo merecedor o por egoísmo perverso, sino por mayor crecimiento de un mal del siglo caracterizado aunque no resuelto, por el juego de la creación artística.
Para tomar conciencia del poeta que vive en él, su fantasía se apoya sin cesar sobre la realidad visible, cotidiana. Pero parte de lo concreto para sublimarlo con su visión de músico. Lo que apenas conmueve su temperamento con lo irreal, en el que la frontera entre ambos mundos se mueve todo el tiempo, a capricho de la fantasía o del instante que pasa con sutileza.
De hecho, la naturaleza de Shumann es esencialmente emotiva y sensitiva. Los mensajes que capta del mundo exterior imprimen en él una marca profunda que exacerba su aguda sensibilidad y moldea su inteligencia siempre despierta. Así se le ve reaccionar, a la vez, como poeta, compositor y como intelectual del romanticismo.