No sé qué me sobrecoge más, si sobrevolar la planicie del Pacífico de este a oeste siguiendo los cauces de los ríos a la par de la cadena volcánica o volar a través de Alta Verapaz y Petén, lo que eran selvas y naturaleza exuberante no hace muchos años ha desaparecido. En el norte aún existen grandes extensiones de selva gracias a la llamada Biósfera Maya con sus tesoros arqueológicos, esos que encandilan a los extranjeros del mundo científico y que han hecho suya Guatemala más que los propios guatemaltecos.
En los años cincuentas del siglo XX caminábamos las selvas todavía extensas de la costa sur, fueron como los estertores de un animal moribundo después de las algodoneras y más ingenios azucareros que igual que dragones mitológicos se tragaban al bosque y con él a los animales que al perder su hábitat desaparecieron. En la costa del Pacífico desde el Ocosito vecino con México hasta la barra del río Jiote en la frontera con El Salvador se extendían cientos de kilómetros de selvas a todo lo largo de la franja costera, las más extensas en Escuintla y Suchitepéquez, en donde un rosario de ríos bajan impetuosos siguiendo viejos y nuevos cauces acarreando millones de toneladas de materia orgánica hacia el mar, el alimento milagroso que hace de aquellas tierras un paraíso para la agricultura. Las crecientes de esos ríos: Nahualate, Madre Vieja, Coyolate, Siguacán, Achiguate y Pantaleón eran y siguen siendo los responsables de su fecundidad.
Hace unos días estuve recordando los tiempos de una Guatemala que se perdió, como aquella noche cuando salimos de San Antonio Suchitepéquez en una expedición de jóvenes aventureros haciendo estallar algunos cohetillos por la alegría del hecho. Nos movilizábamos en un jeep muy viejo de los usados en la Segunda Guerra Mundial y en una limosina Packard modelo 28 todavía más vieja como las que aparecían en las películas de gángsteres protagonizadas por Humphrey Bogart, con sus grandes faroles descubiertos sobre la lodera. Luego de pasar por Tiquisate en una carretera de tierra bastante aceptable entramos a una ruta de brechas que conducían al parcelamiento de la Nueva Concepción y siguiendo entre lodazales y atascaderos llegamos a Santa Ana Mixtán y en la barra del Río Coyolate a una playa conocida como Tecojate.
La Nueva Concepción, un parcelamiento nacido durante el II Gobierno de la Revolución surgió de aquellas selvas que fueron echadas abajo, eran tierras de Trapiche Grande, una «propiedad» de la Reina Guillermina de Holanda que había sido negociada con algún Gobierno de principios de siglo, miles de caballerías que se extendían desde Cuyotenango hasta el mar. No lejos de Tiquisate feudo de la United Fruit Company, el río Madre Vieja cruzaba las selvas de Toro Pinto y Palo Blanco en donde los indígenas de la boca costa sacaban en redes cada verano miles de iguanas, cecina de venado y otros animales de monte para vender en los días de mercado, al acampar por las noches se podía escuchar el bramido del tigre y los gritos de los saraguates. Transitar por esas brechas, verdaderos pantanos aún en los meses de verano tomaba días en avanzar y se empleaba de todo, desde cadenas, carretas de bueyes, poderosos winches y tractores para sacar los vehículos atorados cubiertos de lodo hasta arriba del tablero. En aquella jornada como parte de una película de ficción recuerdo nuestro Packard, objeto de un museo jalado por una yunta de bueyes, había sido prestado a uno de los miembros del equipo, pero el dueño no supo por las que había pasado.
Atravesando extensas selvas el Río Coyolate desembocaba en un caserío que hoy es casi una cabecera municipal conocida como El Mango colindante con la Laguna de las Pescas, un estuario maravilloso poblado de machorras, róbalos y pargos asoleándose al mediodía. Al otro lado del río continuaban las selvas ribereñas que colindaban con los terrenos de la Compañía Frutera.
También en la ruta del Pacífico desde Escuintla se llegaba a La Democracia y a La Gomera, todo a través de caminos de tierra más o menos transitables. En La Gomera el paso era casi imposible, la mayoría del año y había que continuar en bestia a través de cercados y potreros de fincas ganaderas con buenas extensiones de selva. Una de estas fincas dedicadas a la explotación de madera y luego de algodón, la Finca San Jerónimo tenía una extensión de 300 caballerías y sus selvas colindantes terminaban cerca de Zipacate a la orilla del mar, en donde hoy se anuncia un hotel con aire acondicionado y televisión por cable. En 1956 viajamos a Zipacate en un escarabajo Volkswagen de los primeros modelos que vinieron a Guatemala atravesando lodo y más lodo, para ir llegando a la orilla del mar y seguir avanzando en la arena dura donde terminaban las olas empujando cuando era necesario hasta la Laguna de Rama Blanca. Hoy al contarlo parece una exageración, pero lo más increíble es que adentro cupimos metidos como sardinas siete personas, tres perros y encima del techo un compartimiento con carga. También desde San Jerónimo atravesando potreros se llegaba a la aldea de Texcuaco en donde se podía cruzar el río Coyolate, si se disponía de una yunta de bueyes que jalara el vehículo al detenerse a medio río cuando el agua lo inundara y ya no pudiera seguir avanzando los cincuenta metros restantes. (Continuará)
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El domingo pasado murió el Arq. Antonio Sandoval Martínez y Urrutia querido amigo, por Sandoval primo de Cristy mi esposa, por lo demás un buen hombre y un quijote de muchas causas, Dios lo habrá premiado.