LAS VíCTIMAS


Las ví­ctimas y los victimarios surgieron en Guatemala al inicio de la Conquista por los españoles y así­, dentro de ese contexto, en ese mismo sentido, han seguido las cosas hasta nuestros dí­as.

Héctor Luna Troccoli

Ví­ctimas de dictadores, del crimen organizado, de maras, de la polí­tica cruelmente irredenta, de los saqueadores de las arcas nacionales, de la pobreza y la miseria, del hambre, de la falta de educación, de los potentados de cuello blanco, del sistema de la injusticia eterna, de las venganzas, de la muerte cotidiana sin saber ni por qué ni para qué, de los asaltantes, de los estafadores, de los corruptos, de los vividores, de los opresores que viven del sudor y el esfuerzo de otros, de los que están siempre arriba colgando de riquezas, hasta los que están abajo, revolcándose en el lodo de la indignidad humana… Esa es la Guatemala, tan llena de adjetivos, de las ví­ctimas y los victimarios.

Y nos guiamos por las estadí­sticas que nos dicen que hoy murieron asesinadas 17 personas, entre ellas dos mujeres y un niño y mañana el titular variará poco, aunque seguirá mintiendo porque no todas las muertes violentas serán reportadas o tampoco serán tomadas en cuenta porque «no valen la pena».

Y los delitos llamados pomposamente «menores» serán parte del canasto del olvido de la policí­a, del Ministerio Público y por supuesto, de los tribunales que dejan libre a un marero sospechoso de un asesinato por la módica suma de quinientos quetzales o a un ex presidente por la modestí­sima cantidad de un millón de quetzales.

Si pudiéramos hablar con la verdad sabrí­amos que las ví­ctimas de extorsiones, de asaltos, de robos, de secuestros, de amenazas son cientos de miles y que muchos callan por temor y los que nos atrevemos a decir algo no se nos hace caso por eso, porque son delitos menores y peor si esa ví­ctima es el dueño de una pequeña tienda o uno que vende en la terminal, o una mujer que se prostituyó para dar de comer a sus hijos. Entonces el silencio acompaña «gallardamente» a la impunidad.

Yo puedo dar fe de ello. En un año he sido ví­ctima de seis delitos «menores» y no los he denunciado porque no creo en el sistema de justicia y no tengo el tiempo, ni la paciencia para llenar formularios dar declaraciones a funcionarios que algún dí­a investigarán lo que pasó.

Mi última experiencia fue apenas el viernes pasado cuando dos energúmenos a las 9:30 horas, mientras yo estaba en la Gasolinera Esso, Landí­var del Boulevard del mismo nombre, para sacar un poco de dinero del cajero automático, rompieron el vidrio de mi auto y se llevaron un maletí­n con documentos, un teléfono celular, una agenda electrónica, una pantalla de DVD y lo peor de todo, un arma.

Cuando reclamé al encargado de la gasolinera me dijo que estos hechos ocurrí­an a menudo, pero que para eso habí­an hecho más grandes los carteles donde dicen que no son responsables por daños o robos, legislando ya a su manera de transnacional prepotente, sólo tení­an un agente de una de esas policí­as privadas sin arma alguna y metido a salvo en el local para que no le roben nada a la pobrecita ESSO, llamé varias veces a la policí­a y una amable grabadora me contestó, fui al MP y en cinco lí­neas tomaron mi denuncia diciéndome que me presentara en cinco dí­as, les pedí­ un investigador para que tomara al menos huellas y me dijeron que eso lo podí­a lograr si llevaba mi vehí­culo al DINC…Yo solo soy uno, pero ¿cuantos cientos sufren a diario la furia de los delincuentes y la indolencia de las autoridades?

Ese dí­a, cuando retornaba del MP recibí­ una llamada donde al menos mi maletí­n habí­a sido encontrado por unos sindicalistas que desde hace CINCO MESES permanecen en una champa frente al Palacio Nacional pidiendo ser reinstalados porque una multimillonaria empresa «orgullosamente nacional» los echó de sus trabajos en Petén porque dizque habí­an «quebrado» y después de la quiebra abrieron cuatro sociedades distintas. Los despedidos son 39 y allí­ en esa champa esta parte de su miseria y el desconsuelo porque nadie les hace caso, en tanto el 20 de octubre, frente a esa misma champa el Presidente y sus allegados celebraban la REVOLUCIí“í“í“NNNN, de donde salió el Código de Trabajo que ahora a esos verdaderos trabajadores no les sirve para comer. Ojalá usted ílvaro, el que gobierna con la gente, camine dos cuadras y vaya a ver esa champa miserable en donde los sindicalistas esperan una cosa enorme y lujosí­sima: que les den de nuevo su trabajo. Ellos también son ví­ctimas y sus victimarios ¿que tal están?…