Diógenes y el político honrado. Por este medio, Diógenes el Cínico se permite informar a todos los interesados que su famosa lámpara, farol o linterna se encuentra en buen resguardo, por lo que de ninguna manera la puede prestar a quienes pretendan utilizarla para buscar –y menos aún encontrar– al político honrado, si fuera esa su ilusoria intención. Incluso Diógenes asegura que la frase político honrado encierra un claro contrasentido que violenta la más elemental lógica, por ser una obvia antítesis que lleva en sí misma su propia negación, ya que ambas palabras, honrado y político, se excluyen, como si fueran polos opuestos, uno positivo y otro negativo, según el célebre filósofo nacido en Sínope. (No obstante, un tanto remiso, Diógenes aceptó que en este asunto puede darse una que otra rarísima excepción honrosa, para que su lámpara sería, ciertamente, indispensable, incluso en pleno día.)
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Todo el peso de la ley. Si la faena de establecer o fijar el peso de la ley, cualquier ley, nunca ha sido posible, más arduo resulta el siquiera concebir todo el peso de la ley, ni una onza o gramo de menos; o sea su pesantez, cargazón, fuerza o gravamen completos. Filósofos del derecho, jurisconsultos, jurisperitos, legisladores, jueces y abogados consultados han fracasado en tan solo intentar el esbozo de una cantidad aproximada que, por nunca regla o norma, debe pesar una determinada ley en su totalidad, nunca por partes o en porciones discrecionales o relativas. Es decir que una ley digna de tal nombre debe ser considerada por su peso neto, sin tara, añadidos o deducciones; libre de envases; puro contenido bien definido y delimitado. Pero volvemos a lo esencial: ¿de qué peso legal estamos hablando? En el país de la eterna, cuando los legos en la materia leemos o escuchamos decir que a un delincuente o criminal le debe caer todo el peso de la ley nuestra pobre mente se queda desorientada, sin referencias concretas, in albis (en blanco). ¿Ley, peso, todo. . .? ¿Caer? ¿Y de qué altura cae una ley, en el entendido de que dichas abstracciones están como suspendidas en lo alto?
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La justicia y la culebra. Si algo detesta, abomina y rechaza mi amiga la culebra es eso de que la comparen o equiparen con la justicia que opera en el país de la eterna, pues asegura ser pobre y rastrera pero honrada y ecuánime a la hora de morder o picar, en todo momento y lugar, como bien lo sabe la gente del campo. Mi amiga la culebra ignora de dónde procede la difundida especie según la cual, a semejanza de la justicia, ella sólo muerde a los descalzos; en base a que estudios ofídico-jurídicos se perpetra tal desaguisado; qué oscuros propósitos se persiguen al desacreditarla de esa manera artera y falaz y por demás anticientífica. Asegura mi amiga la culebra que ella nunca anda discriminando entre descalzos y calzados, ya que en más de una oportunidad ha hincado el ponzoñoso colmillo en finas botas, botines, tenis e incluso en zapatos de marca, importados, lo cual, hasta donde ella entiende y le consta, jamás ha realizado la diosa justicia en el país de las llamaradas de tusa y las cortinas de humo.
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La razón acumulada. En Abstencionistas Anónimos sentimos pena y vergí¼enza cívicas al corroborar, cada cuatro años, que nuestra inhibición eleccionaria, por dialéctica, científica, histórica, tiene sobrada razón de ser, desgraciadamente, desafortunadamente.
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Cuidado, entre el optimismo y el masoquismo no hay más que un paso.