En la vida hay muchas cosas que producen bostezo pero que quizá deberíamos tomar en serio: un examen, un te quiero, la elección de una carrera, casarse o tener hijos. Los días se nos van de las manos y vivimos de manera inconsciente. Cuando nos damos cuenta, ya somos viejos y anhelamos las oportunidades perdidas.
Esto contrasta con las pequeñas situaciones que nos distraen y que consideramos valiosas. Nos escapamos de morir por un amor perdido, por el fracaso en «quiz» de matemáticas o hasta por el grito ofensivo que nos dio papá cuando teníamos 5 años. Somos increíbles a la hora de dar valor a los accidentes de nuestra vida. Vivimos tan en clave de tragedia algunas experiencias que casi nos sentimos mártires al momento de considerarnos a sí mismos.
En la vida política es igual. Veamos, por ejemplo, cómo los diputados del Congreso se la pasan holgazaneando y viendo oportunidades para medrar y mejorar sus condiciones de vida, pero se vuelven locos cuando se trata de la elección para presidir ese organismo de Estado. Estos días son sin duda de suma importancia para ellos. En sus tablas de valores (que apuntan única y exclusivamente al derecho de sus narices) es importante, urgente y trascendental cómo se distribuyen el poder dentro de la institución. Mientras tanto, todos sabemos (el vulgo, el pueblo y hasta cualquier analista sensato) que eso de quién sea el Presidente del Congreso no es importante.
¿Cómo puede ser importante la elección parlamentaria cuando la memoria de los guatemaltecos no recuerda nada bueno de sus últimos presidentes? Forcemos el cerebro. ¿Se recuerda usted de algo monumental que hayan hecho, por ejemplo, Jorge Méndez Herbruger, Eduardo Meyer Maldonado o Rubén Darío Morales? Verdad que aun con imaginación el pensamiento no puede reproducir nada. Y, sin embargo, los burócratas quieren hacernos creer que Guatemala se la juega toda en estos días.
Los Padres de la Patria también se desubican (como nosotros mismos). En lugar de preocuparse por acciones importantes como por lo menos asistir al Congreso, contribuir en el estudio de leyes, en su sanción y también en la deslegislación -si es que existe semejante palabra-, se angustian por cosas nimias como si fueran fundamentales.
Y así como le sucede al Congreso les ocurre a los Presidentes. Se la pasan viajando y dándose la gran vida (y digo esto no sin envidia), olvidándose de cumplir con el deber al que se comprometieron. A estos políticos se les olvida que los votantes se determinaron por ellos no para que conocieran el mundo, sino para que ejecutaran los programas que según ellos salvarían al país del apocalipsis. Pero, está claro, que hay una omisión grave en sus tareas.
Debemos, por todo lo dicho, examinarnos constantemente para ver si no estamos descuidándonos y dejando escapar la vida. Atentos porque la insoportable levedad del ser puede conducirnos por caminos poco significativos y de poca monta. La vida se va muy a prisa.