Contra traficantes de animales salvajes en Brasil


Los gritos estridentes resuenan en la pequeña sala: 300 loros verdes, en cajas por todo el lugar, no cesan de chillar pidiendo comida. Se trata de uno de los tantos ejemplos de animales salvajes requisados a traficantes, muy activos en la selva de Brasil.


Indiferente al jaleo, una estudiante de veterinaria los alimenta uno por uno, con la ayuda de una sonda, con una mezcla de proteí­nas y frutas. Todaví­a son demasiado jóvenes como para poder comer solos.

«Los que logren sobrevivir serán liberados lo antes posible en la naturaleza», explicó Vinicius de Oliveira, responsable del Centro de selección de animales salvajes (Cetas) de Rí­o de Janeiro, un organismo que depende del Ministerio de Medio Ambiente.

Todos estos loros fueron requisados en cordones policiales que se han multiplicado en las últimas semanas en Rio y en todo el paí­s. «En uno de los casos, un centenar de loros estaban apiñados en el doble fondo de una camioneta, sedientos y hambrientos», precisó Vinicius.

«El traficante está dispuesto a todo para lograr un máximo de beneficios. He visto a un pequeño mono escondido en un termo», añadió.

El joven que transportaba los loritos iba a recibir 500 dólares por sus servicios, el doble de su salario mensual. Ahora corre el riesgo de ser condenado a entre 2 y 8 años de prisión por tráfico de animales, asociación para delinquir y encubrimiento.

Más de 7 mil animales –la mayorí­a aves pero también monos, gatos salvajes, tortugas y serpientes– llegan todos los años al Cetas. Muchos de los primates recibidos fueron abandonados a la edad adulta por sus propietarios, porque se volví­an agresivos.

«Es un verdadero problema. No podemos liberarlos en la naturaleza porque ya no están aptos para arreglárselas solos», lamentó Vinicius, médico veterinario.

«Estamos apretando el cerco en torno a lo cazadores furtivos y traficantes. En los últimos tres meses requisamos más de 2 mil aves y detuvimos a 25 personas», declaró el comisario de la Policí­a Federal para el Medio Ambiente del Estado de Rio, Alexandre Saraiva.

La legislación brasileña prohí­be la caza en todo el paí­s, así­ como tener un animal salvaje en cautiverio, salvo que provenga de criaderos autorizados, muy raros en el paí­s. Comprar un loro verde o un tucán en el mercado negro cuesta menos de 100 dólares, mientras que en una tienda legal cuesta diez veces más.

«Es esta diferencia de precios lo que alienta el tráfico», explicó el comisario, recordando que después de la droga y las armas «el tráfico de animales es la tercera fuente más importante de ingresos ilí­citos».

Poner fin a este tráfico no es una tarea fácil en Brasil, con una inmensa biodiversidad y donde las fronteras son porosas, sobre todo en la Amazonia, añadió.

«Es la ley de la oferta y la demanda. Hay que terminar con el mercado negro en Brasil pero también en el extranjero. Un guacamayo azul, especie en ví­as de extinción, cuesta más de 10 mil dólares en el mercado negro internacional», afirmó Saraiva, que apuesta a una «mejor cooperación internacional».

«Nuestro objetivo inmediato es reducir los beneficios y aumentar los riesgos de los cazadores y contrabandistas. Pero eso demanda un gran trabajo previo de los servicios de información», explicó.

A más largo plazo, también habrá que trabajar sobre la mentalidad de los brasileños: «Desde la llegada de los portugueses, en 1500, es una tradición cultural en Brasil tener un loro o un mono como animal de compañí­a».