Ahora que estamos por conmemorar otro aniversario de aquel movimiento de Octubre de 1944, cuando se materializó el gesto descrito magistralmente por Manuel Galich al pasar nuestro pueblo urbano «del pánico al ataque», surgen comentarios nostálgicos en relación con lo que fue aquella gesta que tenía la finalidad de romper con la cadena de tiranía iniciada por Jorge Ubico y que Federico Ponce pretendía continuar. Los críticos no pueden cuestionar en absoluto la gesta, pero centran sus señalamientos en las consecuencias del levantamiento popular que dio paso a la existencia de una Junta Revolucionaria de Gobierno, al régimen de Juan José Arévalo y al de Jacobo írbenz.
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Lo cierto e incuestionable es que ese movimiento popular permitió que el país se modernizara enfocando su atención en serios problemas que bajo la dictadura eran tabú. Yo diría que educación y seguridad social fueron las joyas de la corona de ese proceso en el que participaron juntos los miembros de una nueva generación de guatemaltecos formados bajo la tiranía con los viejos que ya habían librado su lucha contra Estrada Cabrera y fueron referente para el ímpetu juvenil de la mayor parte de quienes ese 20 de Octubre se decidieron a actuar.
Y digo que guardando las distancias vale la pena rememorar ese aire con remolino de la población guatemalteca porque no se puede negar que los sucesos de 1944 permitieron uno de los cambios más significativos en la estructura del país, cuyos efectos todavía hoy subsisten en algunos campos. Y simplemente por el hecho de que hablamos de cambio, tiene uno que rememorar ese papel protagónico de la juventud de aquella época que tuvo la visión y el valor cívico de asumir un papel importante para definir los destinos del país.
Eran jóvenes que apenas sí habían alcanzado la mayoría de edad, pero con civismo y entereza supieron comprometerse con el país y le brindaron lo que algunos han llamado la primavera democrática. Jóvenes que no se sentían a gusto con la Guatemala en que vivían, que despreciaban la forma en que se les imponía un comportamiento servil ante la autoridad y que se dolían de ver que mientras el mundo luchaba por la libertad contra el totalitarismo, aquí había que agachar la cabeza ante el tirano que mantenía el país en el atraso.
Hoy nuevamente vivimos situaciones que causan molestia y frustración porque estamos sometidos a nuevas formas de dictadura impuestas por la corrupción, la impunidad y la mediocridad. Urge una generación de relevo, compuesta por jóvenes inspirados en sentimientos patrióticos y románticos en busca de la decente actuación política para sacar a los mercaderes del templo y permitirle a Guatemala una nueva primavera democrática. No se trata de aspavientos callejeros ni de levantamientos militares, sino simple y llanamente de una toma de conciencia que haga asumir compromisos para cambiar a un país cuyo sistema agoniza en parte por la indiferencia de la gente buena. Los viejos ya poco podemos aportar, pero la juventud de hoy, como la de antaño, puede ser la clave.