El esfuerzo, la capacidad de trabajo y la enorme solidaridad de los guatemaltecos que tras emigrar por falta de oportunidades en el país envían remesas a sus familias en Guatemala es uno de los factores que mantienen a flote la economía nacional. No deja de ser paradójico que el 12 por ciento del llamado Producto Interno Bruto de Guatemala sea en realidad producto externo, porque proviene del esfuerzo de los migrantes que trabajan en el extranjero para mantener a sus familias aquí.
La presentación de la última encuesta sobre la migración, presentada por la Organización Internacional para las Migraciones, da cuenta de un constante aumento no sólo en los envíos sino también en la cantidad de guatemaltecos que año con año se van del país en busca de la oportunidad que su patria no les ofrece. El tema de la migración es importante para Guatemala por su incidencia en la economía, ya que inyectan más de cuatro mil trescientos setenta millones de quetzales al país, lo que nos permite mantener un elevado nivel de reservas internacionales y, lo más importante, mantiene el consumo nacional en niveles aceptables. Sin las remesas, el mercado local estaría profundamente deprimido y los empresarios no tendrían a quien venderle sus productos.
De suerte que al final de cuentas la migración resulta en un negocio redondo para el país, que sale de más de un millón de sus habitantes lo que reduce la presión por empleos y satisfactores sociales a la gente más necesitada, y a cambio de expulsar a sus ciudadanos, se beneficia con el premio de un ingreso que constituye la octava parte de toda la producción nacional, lo que mantiene el ritmo del mercado interno.
Pero para el migrante, abandonar a sus familias y viajar en condiciones adversas para enfrentar condiciones de trabajo que sí le generan ingreso pero que tienen que desarrollar en medio de adversidades y de discriminación, el negocio no es tan bueno. Claro que el guatemalteco que emigra gana lo suficiente para vivir y para mandarle a su familia, pero debemos preguntarnos cómo es que vive, cómo es que trabaja, cómo lo tratan en el extranjero. Si nos atenemos a la forma en que vienen los deportados, engrilletados en el avión que los transporta y sufriendo condiciones infrahumanas, no podemos creer que el sueño americano, tan cacareado, sea parte de los beneficios directos que recibe.
Literalmente es gente que ha sido expulsada de su propio país por la miseria y la ausencia de oportunidades. Se trata de personas trabajadoras, bien cotizadas por su honradez y dedicación, que al tener cómo, demuestran su valía y capacidad de producir. Cada uno de esos cuatro mil trescientos setenta millones de quetzales es un aldabonazo a la conciencia nacional.