Si los del FRG fueron capaces de organizar aquel fatídico «Jueves Negro», ¿cómo no iban a montar el circo del martes 7 de octubre, aprovechando que el ex presidente Portillo había sido extraditado por la Suprema Corte de Justicia de México desde el 2 de octubre? Eso que dijo de que había dispuesto regresar a Guatemala porque ahora sí podía confiar en la justicia guatemalteca no se lo cree ni un niño de kindergarten. Lo que es indiscutible es que la componenda de Colom con la justicia guatemalteca fue hilada finamente, pero tan evidente, que hizo abrir los ojos a la mayoría de guatemaltecos para desconfiar de la maniobra, a pesar que comprometidos medios extranjeros de comunicación se prestaron con desfachatez para propiciar el engaño.
Y es que para el desacertado Presidente de un gobierno que no da buenos resultados, la extradición de Portillo le cayó como anillo al dedo para lograr el abierto apoyo de aquellos politiqueros que le pudieran facilitar el necesario número de votos en el Congreso y así, tratar de tapar el gran hoyo de la desvergí¼enza que le han venido abriendo sus diputados y, si a lo anterior le sumamos la corrupción de nuestra justicia que deja libre a un prófugo de casi cinco años, en apenas dos horas, ¿qué cosa distinta a lo que vimos la semana pasada podíamos esperar?.
Casi sin sentirlo, el pueblo guatemalteco tiene ahora gobernando a otra «gran alianza». No podemos esperar entonces que se vayan a acabar las complacencias para los financistas de su campaña electoral, tampoco para quienes han resultado indispensables instrumentos para llevar a cabo sus aviesas intenciones, empezando por la misma Vicepresidencia ahora infestada de ex portillistas, dizque para hacerse cargo de la «transparencia» (imagínese), como en el resto de dependencias del Organismo Ejecutivo, en el Congreso de la República, la Contraloría General de Cuentas, el Ministerio Público o la Procuraduría General de la Nación y no digamos en las entidades descentralizadas.
Lo más serio de todo esto, es la actitud contemplativa de la población, cuando ahora, unidos debiéramos asumir una actitud valiente para librar una férrea e inclaudicable batalla para que los derechos de los guatemaltecos se respeten, empezando por el libre acceso a la información y terminando con un combate frontal en contra de la impunidad que nos agobia. ¿O vamos a seguir sentados en la banqueta para ver desfilar a especimenes de la calaña de Serrano Elías, el resto de ex banqueros del Bancafé, del Banco de Comercio, a los recluidos en las cárceles pendientes de sentencias o a tantos prófugos de la justicia que sustentan el criterio de ser «víctimas inocentes de una persecución política»? ¡Vaya descaro!. A usted, estimado lector, lo invito a entonces a meditar sobre esta interrogante: ¿qué clase de ejemplos estamos dejando a las futuras generaciones?