Oliverio Castañeda


Hoy se condecoró en forma póstuma con la Orden del Quetzal a Oliverio Castañeda de León, dirigente estudiantil de la Universidad de San Carlos asesinado en forma brutal por los esbirros del gobierno de Lucas Garcí­a al culminar la celebración popular del 20 de Octubre en 1978. Su asesinato fue perpetrado de forma tal que evidentemente enviaba un burdo mensaje a la población de Guatemala, porque no hubo ningún esfuerzo por guardar apariencias sino que, todo lo contrario, con el mayor desplante las fuerzas de seguridad lo ejecutaron a plena luz en el inicio de una de las épocas más tristes de terror en nuestro paí­s.


Creemos que el homenaje que el gobierno decidió para reconocer el talento, la honestidad y la corta, pero brillante trayectoria de quien fuera Secretario General de la AEU en aquellos aciagos dí­as es un tardí­o, pero merecido gesto no sólo a favor de su memoria, sino que especialmente de reconocimiento para su familia que ahora cumple 30 años de llorar su ausencia.

Oliverio Castañeda era un joven inteligente y carismático que sin aspavientos ni radicalismos estaba jugando un papel destacado en la conducción del movimiento estudiantil. Miembro de una familia prestigiosa de clase media, salió de uno de los colegios más exclusivos y al ingresar a la Universidad de San Carlos inmediatamente se notó su talento y capacidad, lo que le llevó a ocupar cargos en la Asociación de Estudiantes Universitarios, hasta ser electo su Secretario General, cargo que desempeñaba cuando fue perseguido desde la Concha Acústica del Parque Centenario, hasta llegar a la sexta avenida donde empezaron a tirarle los esbirros. Minutos antes en un encendido discurso Oliverio habí­a señalado a Donaldo Alvarez Ruiz, ministro de Gobernación de Lucas, como asesino por dirigir los escuadrones de la muerte que bajo las órdenes de Chupina y Valiente Téllez eliminaban inmisericordemente a reales o supuestos enemigos.

El pasaje Rubio fue el lugar donde su cuerpo sin vida cayó abatido y donde los asesinos rubricaron el mensaje de que bajo el gobierno de Lucas nadie debí­a hablar, decir o hacer algo que pudiera parecer sospechoso a los funcionarios de gobierno. No podí­a caber duda sobre el origen del crimen porque los asesinos se encargaron de hacer ostentosa la participación de los tenebrosos vehí­culos oficiales. No bastaba con matar a Oliverio, sino que habí­a que sembrar el pánico y terror entre los guatemaltecos para mantenerlos aherrojados.

La Hora, que entonces y hoy ha expresado su admiración por Oliverio Castañeda, se suma a las muestras de aprecio que recibe su familia en el reconocimiento póstumo de la transparencia de su breve pero brillante trayectoria.