Mujeres con velo, consignas coránicas y prohibición de venta de alcohol: en las orillas del Caspio, Nardaran, bastión del islam chiita militante, es una excepción en el laico Azerbaiyán, que teme la propagación del extremismo.
Este poblado disidente de 8.500 habitantes, situado 30 kilómetros al norte de Bakú, fue el escenario en 2002 de enfrentamientos mortales entre la población y el ejército que intervino para aplastar un movimiento de protesta.
Pero ahora Nardaran parece querer apoyar a un poder que podría enfrentarse a desafíos islamistas más graves.
«Queremos que el presidente Ilham Aliev (casi seguro de ser reelegido el miércoles) venga donde nosotros para decirle que no somos enemigos», dijo Haji Agha Nuri, alto responsable del Partido Islámico que reivindica 100.000 miembros y al que las autoridades rechazan registrar de nuevo desde 1995.
Varios habitantes de la localidad cruzados en la plaza Imam Ali, donde se ven consignas como «Vía del islam, vía de la felicidad», reconocieron que votarían por el jefe de Estado saliente.
Así, según Nasiba Alieva, madre de cinco niños, toda de negro vestida, «hay que votar por (Ilham) Aliev para que el gas sea suministrado a lo largo del año», frente a tres meses en invierno en la actualidad, aunque esta ex república soviética del Cáucaso sea rica en hidrocarburos.
Pero el régimen azerbaiyano, orgullosamente laico, está lejos de ser unánime a ese respecto.
Natik Karimov, con un sombrero típico, reprocha a las autoridades haber erradicado la práctica tradicional de la religión, lo que animó al desarrollo de los wahabitas.