La crisis económica de Estados Unidos viene a ser para la absolutista economía de libre mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el absolutista dogma del comunismo. Indudablemente estamos viviendo el fin de una época porque así como el marxismo sucumbió a la realidad cuando se hizo evidente que no podía concretar la aspiración de la igualdad, también esa forma de capitalismo brutal que dejó todo librado a la mano invisible del mercado se ha probado falsa al confirmarse que la voracidad del ser humano no se puede contener ni moderar pensando nada más en la oferta y la demanda.
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Hoy los teóricos del libre mercado están exactamente igual a como en 1989 estaban los comunistas, tratando de negar el fracaso y culpando a otros del descalabro de su dogmatismo ideológico. Los comunistas no han aceptado, dos décadas después, que su sistema no funcionaba ni en la política ni en la economía y cuando leemos las enredadas explicaciones que nos ofrecen los que predicaron durante años la magia del mercado como solución a cualquier problema económico, tenemos que encontrar las grandes similitudes que hay con lo que hace veinte años decía su contraparte.
El problema del sistema que privilegió al mercado es que se supuso que era tan perfecta su implementación que cualquier exceso, cualquier abuso o distorsión, sería inmediatamente corregida por esa maravilla que nos pintaban y que, según la dogmática doctrina, todo lo tenía que compensar sin intervenciones odiosas o manipuladoras. Pero resulta que la naturaleza humana, más poderosa que el mercado y que el dogma ideológico, no reparó en la enseñanza neoliberal y simplemente encontró en la supresión de controles y regulaciones el arca abierta para hacer mangas y capirotes con el dinero ajeno. Así como en un modelo comunista los beneficios iban para la cúpula en perjuicio de la población, resultó que en el mercado absolutamente libre y sin control fueron los CEO´s, los grandes ejecutivos de las empresas, quienes capitalizaron el sistema en su propio beneficio, engañando a la población que seguía haciendo aportes, pero sin recibir beneficio a cambio.
Todavía han de pasar varios años en los que veremos notables esfuerzos, como los que aún hoy hacen los comunistas, para explicar desde el punto de vista del dogma el descalabro del sistema, culpando a otros del fracaso. Pero evidentemente a partir de lo ocurrido en Estados Unidos, donde la desregulación provocó la mayor crisis financiera de la historia, la prédica en contra de los controles y las regulaciones siempre tendrá como eco el antecedente de esta situación que es una prueba irrefutable de que la mano invisible del mercado puede servir para que alguien con la largueza suficiente, la convierta en una invisible mano de mono que se levanta capitales ajenos.
Gracias a las facilidades que dio el arca abierta de un mercado sin control ni regulación, el sistema financiero de los Estados Unidos se convirtió exactamente en una gran pirámide, como aquellas que hace años dejaron en la calle a muchos que metieron su dinero en ese espejismo de prosperidad sin límites y de ganancias extraordinarias. Los neoliberales se olvidaron de su cacareada frase y creyeron encontrar el almuerzo gratis en un sistema que vivía de la especulación sin preocuparse nunca por pagar las cuentas.
Nos dirán que no, que fue el Estado el que causó el daño y encontrarán excusas para no aceptar la realidad. Pero igual que los comunistas, seguirán repitiendo como consuelo el dogma a pesar de que la realidad se encargó de hacerlo añicos.