Hace poco mi dilecta amiga Irina Darlée me dijo: «Grecia, en mi artículo del jueves sabrás porqué mi corazón llora…» Al decirme esas palabras, quedé en espera del día jueves 25 de septiembre cuando Irina publicó en Prensa Libre su artículo titulado «Herida de pinos». Allí cuenta cómo fueron derribados los pinos del vergel de la antigua casa en la que vivió con sus padres. Este relato tan triste me hizo recordar que a principios de septiembre fueron interrumpidas mis actividades diarias cuando empecé a escuchar voces y ruidos de motosierras provenientes de la avenida. Abrí una de las ventanas para ver a qué se debía aquel bullicio. Al darme cuenta de lo que estaba sucediendo corrí hacia la calle para observar de cerca. Pregunté a un trabajador de la Municipalidad de Guatemala porqué estaban cortando una de las jacarandas de Ciudad Nueva, quien rápidamente me explicó que el árbol estaba ya completamente carcomido en su base. Efectivamente, tenía una gran caverna en el inicio del tronco. Ante tal situación había que aceptar que era necesario derribarlo antes de que provocara algún accidente fatal. Con tristeza recóndita observé la jacaranda que estuvo allí desde antes de que yo naciera, y que llegué a pensar que continuaría así hasta después de mi existencia; sin embargo ahora ya no está. Mientras veía cómo poco a poco iban derribando el árbol, recordé muchas cosas. Las hermosas jacarandas fueron inspiración para las Urnas del Tiempo de mi señor padre el filósofo, periodista ilustre León Aguilera. Mi padre recorría las calles de la ciudad de Guatemala admirando sus árboles, con especial veneración por las jacarandas. Se vienen a mi memoria algunos de los títulos de sus Urnas del Tiempo: Primera oración de las jacarandas, Segunda oración de las jacarandas, Tercera oración de las jacarandas, Viento de jacarandas, Elegía de las jacarandas, Florecer de jacarandas, Candelabros de jacarandas. En la titulada Sinfonía de las jacarandas, publicada en Diario El Imparcial el 17 de marzo de 1984, León Aguilera escribe: «Cumplen con su místico destino. Ser instantes de belleza para quien cansado transita el camino. Suspensión de tantas libélulas de zafiro. Un instante van en rápido vilo. Y con el hilo trenzar la trama translúcida del largo camino. Me he detenido bajo el tronco rodeado de tanto temblar de campanitas de un lila que resonase como oro. Laúdes de las caléndulas en dúo armonioso. El alma se funde con el ámbito y lleva consigo un múltiple musical llover de jacarandas en coro.» Salí de mis pensamientos cuando reinó en el momento un telúrico espasmo que me estremeció: cayó sobre el asfalto, en un extenso y sordo gemido, el tronco de varias toneladas de peso, fue impresionante y al mismo tiempo doloroso. Más tarde continuaba tirado el gigante, mutilado ya de brazos y pies. Aún tendido se podía admirar su majestuosidad. Aún derribado podía alcanzar el infinito. Puñados de pájaros volaban sobre la jacaranda ya desahuciada, tal vez buscando sus nidos, buscando sus casas; más de alguna vez observé cómo las elaboraban, llevando en sus picos ramitas secas que subían y subían al árbol hasta terminar sus moradas. Para esta jacaranda, el poeta León Aguilera en el año de 1988 escribió la siguiente composición lírica: «Deslumbra el aire copa floreciente/ pájaro a ras de adormecido lila/ el mediodía su calor instila/ perdido en un confín iridiscente./ Iluminación de súbito en la mente/ ¡Oh lámpara del í‰xtasis!/ En fila se me entra la alameda en la pupila/ en arbóreo flotar resplandeciente./ Sembrada en pleno mediodía/ vuela como entre el viento/ con su tensa vela de pétalos./ Suspiro hacia la altura./ Mas no, detén el ímpetu morado/ lluéveme jacaranda en mi alma oscura/ ese aletear de cielos matizados.»