El hombre que doblegó a un imperio (Parte IV)


Cuatro dí­as después de su llegada a la India, Lord Mountbatten el nuevo Virrey se reunió con Ghandi y Jinnah. Entre marzo y abril conferenciaron en tres ocasiones y tras las masacres de hindúes en Noakhaly y de sikhs en R?walpindi llegó la de musulmanes en Bihar y Jinnah dio a entender claramente que jamás cederí­a ante nada que no fuera la creación de un nuevo Estado Pakistaní­.

Doctor Mario Castejón

Aceptó la división de Bengala y el Punjab siendo que él reclamaba la totalidad de los territorios y con esto un paí­s de cuatrocientos millones de habitante serí­a dividido y el resultado a corto plazo se precedí­a terrible. Nehrú quien habí­a integrado gobierno llamó a Ghandi a la Capital ante la alternativa de la división y la creación del Estado Pakistaní­ o seguir bajo el dominio británico. El 15 de junio de 1947 el Congreso Panhindú aprobó la división para evitar la guerra cuando la violencia seguí­a cobrando ví­ctimas. Ghandi fue abandonado por el Congreso que él creara para gobernar la India. La separación causó la muerte de centenar de miles, el desarraigo de quince millones de refugiados y provocó la guerra en Cachemira.

Cuando la Independencia se alcanzó el 15 de agosto de 1947 Ghandi no asistió a los festejos, no tení­a nada que celebrar, la violencia continuaba en los caminos atestados de refugiados. Su presencia en Calcuta habí­a calmado la tempestad interreligiosa un tiempo, hasta que un dí­a una multitud turbulenta irrumpió en su tienda con el cadáver de un hindú apuñalado y él fue agredido por la turba, entristecido, como respuesta decidió ayunar. Quinientos policí­as y entre ellos algunos oficiales británicos iniciaron ayuno en solidaridad con Ghandi. Comerciantes y obreros hindúes, musulmanes y cristianos, inclusive una representación de conocidos maleantes juraron ante él que no habrí­a más violencia en Calcuta.

El 7 de septiembre abordó el tren rumbo al Punjab en donde los caminos abarrotados por refugiados que viajaban en uno y otro sentido formaban una caravana de ochenta kilómetros, multitudes que viajaban hacia la miseria y hacia la muerte en medio de la hostilidad. Dentro de aquel caos Ghandi sin ninguna protección deambulaba dí­a y noche en aquel mar de gente que le abrí­a paso cuando se acercaba con las manos unidas en plegaria y proponí­a leer partes del Corán por respeto a los musulmanes. El Mahatma no ocultaba su desencanto con el Congreso, su mismo presidente J. Kripalani un discí­pulo suyo lo señalaba de corrupto y lo mismo sucedí­a en el Gobierno del cual Nehrú su otro discí­pulo formaba parte, todo hací­a que la violencia continuara imparable.

El trece de enero de 1948 decidió ayunar hasta la muerte si era necesario esperando un milagro, rechazó inclusive beber agua y exhortó al gobierno de Nehrú a pagar una indemnización de 550,000,000 de rupias (125 millones de dólares) al Pakistán y la suma fue abonada en medio del rechazo de los radicales. El 18 de enero los más altos representantes hindúes, sikhs, musulmanes, cristianos, judí­os y el alto comisionado de Pakistán con Nehrú a la cabeza llegaron al lecho de Ghandi con una propuesta viable de paz y él aceptó interrumpir el ayuno. Al dí­a siguiente una bomba fue arrojada desde el muro de su jardí­n pero él se mantuvo imperturbable con las manos unidas sonriendo.

El 25 de enero de 1948 Ghandi estaba feliz, asistirí­an a la oración musulmanes invitados por sikhs e hindúes. Me he atrasado diez minutos observó a quienes le ayudaban a caminar. Cerca de el, Nathuram Vidayak Godse un refugiado extremista hindú se adelantó con un revolver oculto y se interpuso en su camino haciéndole una reverencia a metro y medio y le disparó tres veces, Ghandi sólo alcanzó a decir «Oh Dios» y murió instantáneamente.

Cuando Ghandi murió, escribió Louis Fischer era lo que habí­a sido: un simple ciudadano sin riquezas, sin tí­tulos, sin un cargo oficial, sin ninguna realización académica o cientí­fica. Ese dí­a el Consejo de la ONU interrumpió sus deliberaciones y Phillipe Bercer el Delegado Británico habló de él como el amigo de los más pobres, de los más solitarios y los más extraviados.

Para terminar en lo personal yo considero que Mohandas Karamchand Ghandi el «Alma Grande» así­ llamado por Rabindranath Tagore hizo que la humildad y la verdad fueran más poderosas que los imperios, un hombre que demostró en forma enérgica el poder del espí­ritu sobre la materia.