Clase obrera latina sufre la «incomprensible» Wall Street


La calle de Wall Street ha sido el centro de atención del mundo en las últimas semanas, ya que ha tenido los cambios más abruptos en la caí­da del mercado bursátil mundial.

«Lo único que sé de esa cosa incomprensible de Wall Street es que me quitó el poco trabajo que tení­a», dice Conrado, uno de los miles de obreros latinos en Estados Unidos que están disminuyendo al mí­nimo sus remesas familiares y hacen temblar las economí­as de Centroamérica.


Los pocos cientos de dólares semanales o mensuales que enví­an los trabajadores latinoamericanos desde Estados Unidos representan «entre el 10% y el 20% del PIB en ocho paí­ses caribeños y de América Central», entre ellos Haití­ (35%), Honduras (más del 25%) y Nicaragua (más del 12%), según el Banco Mundial.

«Desde hace 15 dí­as no me toma nadie», se queja Conrado, un jornalero mexicano de 45 años, que para atrapar algún cliente disimula que hojea un libro en uno de los pasillos de HomeDepot, un gran mercado de ferreterí­a, donde reparte tarjetas ofreciendo sus servicios como obrero.

«Tengo a mis tres hijos, de 17, 15 y 13 años, con mi mamá en Puebla. Hasta diciembre mandaba 400 dólares cada dos semanas, pero desde marzo si puedo mando 200 al mes», dice el hombre que con su esposa desde hace tres años en Los íngeles (California, oeste) no juntan 1.700 dólares al mes «y la renta se lleva 1.100, sin contar la luz ni el agua ni la comida».

El testimonio de Conrado coincide con el de cientos de trabajadores que esperan a diario su suerte amontonados en las esquinas o esparcidos en el estacionamiento de la sede de esta cadena al este del famoso Sunset Boulevard en Los íngeles, donde intentan ser contratados «por 5, 8, 10 o hasta 20 dólares la hora. La necesidad fija la tarifa», dicen.

Con las tasas del desempleo en ascenso y una incertidumbre que agobia por igual a todas las clases sociales estadounidenses, los latinos -primera minorí­a en Estados Unidos- padecen la debacle del mercado bursátil con todos sus efectos reales y «exportan» a sus paí­ses la inestabilidad que viven en el gran paí­s del norte.

Carlos Hernández, un guatemalteco con 24 años en Estados Unidos dijo mientras esperaba un trabajo afuera de la misma tienda: «Por primera vez no puedo enviarle dinero a mi esposa e hija en Guatemala, apenas puedo con 150 dólares al mes, y este mes mejor ni llamo porque no me ha salido ni un solo trabajo».

Pese a la reducción notoria del enví­o de remesas a Centroamérica, algunos analistas rechazan definirlo como «crisis» porque por ahora solo bajó el nivel de crecimiento que vení­an experimentando.