Coatepeque, la «Ciudad de las Gardenias» nos entristeció con su jornada de violencia. La actitud desafiante contra las medidas de la comuna es el reflejo de la ilusión democrática que se esconde tras el ejercicio del poder local. En tanto, en el otro tema, aquí los directivos de las entidades bancarias y financieras pavonean su arrogancia y, cuando les conviene, actúan de buena fe, cuando no, como allá, a espaldas de sus cuentahabientes.
La corporación de Coatepeque está conformada por catorce cargos entre el Alcalde, los Síndicos y Concejales, titulares y suplentes. Cinco fichas políticas conviven en aquella junta edil con amplio predominio del PAN, la mayoría de las minorías. Me explico. Para las elecciones del 9 de septiembre del año pasado, en Coatepeque estaban inscritos 50,902 electores. De ellos acudieron a las urnas el 47.67 %%%%. Sin contar los votos obtenidos por las otras nueve fichas, para un total de 14 aspirantes que hubo, la suma total de las cinco fichas partidarias que administran esa comuna, suman un total de 17,362 votos.
La normativa electoral vigente nos dice, quizás para alienarnos, que el porcentaje de adhesiones se obtiene de la división de los votos obtenidos respecto de los votos válidos, es decir, no se toman en cuenta los votos en blanco, ni los votos nulos, mucho menos el total del padrón del municipio que sea. De esa cuenta la mayor cantidad de votos, los 5,765 que obtuvo el aspirante del PAN, hoy Alcalde Municipal, bajo esta lógica representa el 26.99 %%%%. Toda la oposición representa entonces el 73.01%%%%. De ahí mi frase: la mayoría de las minorías. Pues los 17,362 de todas las fichas electorales de aquella jurisdicción representan apenas el 34.10 del total de electores.
La democracia no la construyen las mayorías, aunque sería lo deseable. La democracia es el ejercicio del poder público por la minoría que sepa negociar la legitimidad de su aspiración, con respeto a las otras fuerzas. La democracia electoral es en efecto un avance significativo, en tanto ya no prevalecen los fraudes y las imposiciones disfrazadas de comicios. Pero evidentemente es insuficiente. Coatepeque, sin embargo, no es el único ejemplo de tal fragilidad. Pronto habré de ahondar al respecto.
Quiero alertar al apreciable lector que quizás tiene y maneja alguna cuenta de ahorro del que fuera el denominado Banco de Exportación, S. A., absorbido ya por otro banco del sistema que dice que en él «los guatemaltecos depositan su confianza». Pues vaya manera de ganarse la confianza.
El fomento del ahorro es defraudado cuando los banqueros o empresarios financieros especulan con los recursos captados de sus cuentahabientes. Especulación que tiene un dolo adicional, cuando se producen desviaciones de las eventuales ganancias a sólo parte de sus ejecutivos. Ahí la raíz de las «burbujas financieras» que ahora tienen sumido al mundo entero en una crisis que parece imparable, cuya génesis, repito se asienta en tales prácticas.
Aquí, nuestros elegantes, prominentes y respetables banqueros, se conforman con aplicar ajustes a su propia medida y ni siquiera se toman la molestia de «inventar» excusas creíbles para adormilar a sus cuentahabientes. Simplemente les importa un comino, en tanto tengan sus capitales depositados en su propia institución. La más absurda, cruel y maniobrera actitud propia del estafador, también bizarro, que se esconde tras el disfraz de respetable banquero como los ejecutivos de esa entidad «que no falla», no falla para sí misma.
Resulta que el 22 de septiembre, el mismo lunes «negro», allá en las tierras gringas, el consejo directivo de tal entidad asumió reducir las tasas de interés que ofrecen a sus ahorrantes. Bien. Es su derecho. Pero el caso es que cuando absorbieron al desaparecido «Banex», en aquella institución existían cuentas de ahorro con ciertas tasas preferenciales. No las podían continuar sosteniendo. Es posible. Pero la falta de total respeto hacia los cuentahabientes, para tan siquiera avisar de tal disposición, refleja porqué el mundo con el predominio del capital, se mueve al antojo de quienes tienen el «poder» de hacer con el dinero ajeno lo que les da la gana. La confianza así no se «deposita». ¿Qué pasaría, si al saberlo, de pronto todos los cuentahabientes burlados retiran sus ahorros de esa farsa institucional que se autodenomina «banco», «financiera» y «agente de seguros»? Esa es otra forma de terrorismo financiero. ¿Quién les puede poner coto y sancionar?
Esos, además de farsantes históricos, cuyo «abolengo» han obtenido sobre la base de mentiras, no se atreven a aprender de las lecciones foráneas. En el bote debieran estar esos asaltantes de cuello blanco.