En nuestro país las autoridades han sido las primeras en dejar hacer y dejar pasar para que un elevado número de conductores no satisfaga los mínimos requisitos de habilidad, conocimientos, mucho menos, para asumir responsabilidades. De esa cuenta, ante un pésimo transporte colectivo y porque la necesidad tiene cara de chucho, sinnúmero toman en sus manos cualquier tipo de volante y se lanzan a las calles y carreteras ¡a ver qué pasa! Pronto, muchos quedan lastimados de por vida, otros terminan en el camposanto y más grave aun cuando la desgracia se lleva entre los pies a inocentes.
Millones de páginas se han escrito inútilmente para que las autoridades cumplan con su deber de velar por la seguridad y exigir a los ciudadanos el cumplimiento de la ley, pero por ignorancia, miopía, corrupción y hasta con la ignominia del contubernio, todo sigue igual. De nada han servido enormes gastos en vehículos, aparatos, señales, sistemas, túmulos y elementos humanos. Cualquiera se hace de su vehículo automotor y le monta cuanto accesorio se le ocurra, empezando por escapes ruidosos y el temerario polarizado general; paga la concebida mordida para que le den su licencia, también llamada «permiso para matar», pero no pasa por su mente la responsabilidad que asume.
Algunos escogen el viernes por la noche para «estrenarlo» y de ahí las fatales consecuencias, cuando otrora se tomaba el camino rumbo a Esquipulas para irle a pedir al Señor crucificado su bendición y protección. Ahora, cualquiera anda en su carrito, camión, motocicleta o tuc tuc sin comprender los riesgos que se corren, que debe apegarse a las leyes de tránsito y a su capacidad moral, personal, jurídica y económica para asumir las consecuencias de sus propios actos libres y responder por ellos. De ahí, que haya mucha gente que su vehículo se lo echa a usted encima; que conduce con las luces altas; que se detiene cuando y dónde le da la real gana; que cuando se le queman los bombillos de las luces no los repone; que corre como alma que se la lleva el diablo y que cree que los semáforos se hicieron para los listos que no los respetan. Antes dije responder por los actos libres que usted se podrá preguntar ¿ante quién? Yo le contesto: ante los demás, ante la sociedad y ante Dios, en la medida en que nuestros actos le afecten. Porque es hora de entender que la responsabilidad es inseparable de la libertad y que si ésta es la capacidad de elegir, la otra, es la aptitud para dar cuenta de nuestras elecciones. Sin embargo, aquellos que nos representan en cargos públicos siguen siendo los primeros en no cumplir con sus responsabilidades. Ellos creen quitárselas de encima haciéndose de la vista gorda o quejándose de que la gente no les hace caso, que poco importan las consecuencias o porque no cuentan con los suficientes recursos para perseguirlos hasta hacerles caer encima todo el peso de la ley. Las de siempre ¡siguen sobrando las excusas!