Los economistas pueden quebrarse la cabeza buscando las causas de la crisis económica mundial que estamos viviendo, pero en la práctica hay una causa esencial que es la corrupción, antaño vinculada con políticos y funcionarios públicos, pero que entre los ejecutivos de las grandes corporaciones es también moneda de curso común y que, al amparo de las leyes que eliminaron las regulaciones y controles para evitar los abusos, proliferó en forma escandalosa.
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Desde el punto de vista de la prédica de quienes sostienen que no es malo ser egoísta y preocuparse simplemente por su propio interés, porque según ellos la suma de esas acciones es la que al final genera el desarrollo de la humanidad y la prosperidad del mundo, Richard Fuld no hizo nada malo al embolsarse cientos de millones de dólares mientras conducía a la quiebra a Lehman Brothers, engañando a los accionistas con informaciones alteradas que les invitaban a seguir metiendo dinero a un costal sin fondo, y otorgándose a sí mismo (como hacen nuestros funcionarios con las indemnizaciones que se recetan) bonos millonarios cuando ya estaban con el agua al cuello y era absolutamente cierto el fracaso final.
Se ha aceptado como axioma que en el Estado todo es corrupción y que políticos y funcionarios, además de empleados públicos, todos sufren ese cáncer. Como contraposición, en las épocas en que el sector privado le puso el ojo a las empresas públicas, se difundió la tesis de que entre ellos era lo contrario, que prevalecía la ética que tanta falta hacía en el sector público y de esa cuenta se acuñó el criterio de que lo público es malo y corrupto mientras que lo privado es eficiente y honesto.
La verdad monda y lironda es que la corrupción no es patrimonio de un sector sino que, desafortunadamente, forma parte de una tendencia muy generalizada en la especie humana. Tendencia que se ha incrementado en la medida en que el éxito de la persona se mide por lo que logra acumular de riqueza más que por lo que sabe o por la forma en que se comporta. Con esa prédica de que había que estimular el egoísmo del ser humano para que la suma de egoísmos permitiera más inversiones, más inventos y novedosas ideas, a fin de que todo ello trajera desarrollo mundial y prosperidad, se estimuló la idea de que el fin de verdad justifica los medios y las consecuencias las tenemos a la vista.
Precisamente sobre la base de la honestidad natural del mercado se implementaron acciones para eliminar controles y regulaciones; los teóricos decían que cuando alguien se saltara las trancas, el mismo mercado lo expulsaría con esa su famosa mano invisible. La mano invisible, al final de cuentas, fue la de mono, la que usaron los corruptos ejecutivos de las empresas públicas para embolsarse el producto de la corrupción. Cuando quebró Enron y se hizo evidente que sus contadores, la «prestigiosa» firma Arthur Andersen, había falseado datos contables para ocultar el clavo, debieron encenderse las luces de alarma para implementar mecanismos de control en defensa de los inversionistas privados. Pero el poder de los altos ejecutivos con sus cabilderos se impuso y mantuvo la ausencia de toda regulación, de acuerdo al dogma neoliberal.
Hoy no nos pueden decir que público es sinónimo exclusivo de corrupto y privado de eficiencia. La corrupción está en todos lados y es tarea mundial recuperar la capacidad de controlar y fiscalizar, regulando el mercado, para que su mano invisible no sea la mano ladrona.