El presidente de Ecuador, Rafael Correa, logró esta semana la aprobación de una reforma constitucional que sitúa a su país en un punto diferente, más blando, con respecto a los socialismos de Bolivia y Venezuela, considerados más radicales.
El jefe de Estado, el más joven de la «trinidad socialista» que completan Hugo Chávez y Evo Morales, sacó adelante su principal oferta de campaña en un referendo que significó su cuarto triunfo consecutivo en las urnas en menos de dos años de gobierno.
La victoria llegó en momentos en que el llamado «socialismo del siglo XXI» aún arrastra la derrota de la consulta constitucional de Venezuela e intenta abrirse paso en Bolivia, donde Morales enfrenta una fuerte oposición por su proyecto de Carta Magna de corte indigenista y estatista.
No obstante las coincidencias, Ecuador aprobó una Carta Política también inspirada en esa corriente, pero con notorias diferencias sobre todo en lo económico que configuran la versión más blanda del nuevo socialismo.
«Cada país tiene sus especificidades pero, obviamente, tenemos denominadores comunes porque somos gobiernos socialistas», dijo el mandatario ecuatoriano reivindicando una ideología común pero con diferencias en los procedimientos.
Correa es un cristiano de izquierda de 45 años, con estudios en Europa y Estados Unidos, que cree en un Estado fuerte que regule y planifique la economía pero que se aparta de las nacionalizaciones y expropiaciones que llevan a cabo sus aliados.
«Los procesos de Ecuador y Bolivia no se comparan con Venezuela porque no tienen los recursos para hacer lo que Chávez. Si Bolivia tuviera la misma chequera, ya lo habría hecho. Ellos creen que eso es socialismo», opinó el economista venezolano José Guerra, autor del libro «Socialismo del Siglo XXI».
Furibundo crítico del liberalismo que prevaleció en los años noventa, Correa alentó la inclusión de reformas que reconocen cuatro tipos de propiedad (pública, privada, mixta, popular y solidaria), sobre derechos de la naturaleza y prohíben la instalación de bases extranjeras en el territorio ecuatoriano.
Pese a compartir la retórica incendiaria de sus aliados contra Estados Unidos, el presidente ecuatoriano es más cauto en sus acciones, y en varias coyunturas ha dejado ver su pragmatismo, incluso dejando «colgados» a sus homólogos.
Correa rehusó adherirse a la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), que integran los gobiernos de Bolivia, Cuba, Venezuela, Nicaragua y Honduras -este último a la espera de una ratificación del Congreso-.
«Por el momento la decisión del gobierno es la de no ingresar al ALBA hasta ver que se consoliden un poco más los objetivos, las acciones de dicha organización», afirmó Correa en junio.
Y pese a su solidaridad con el gobierno boliviano en la crisis que lo enfrenta con los prefectos de oposición, el líder ecuatoriano guardó silencio ante la decisión de Evo Morales, secundada por Venezuela, de expulsar al embajador estadounidense.
Sin embargo, la oposición ecuatoriana ve estrechas semejanzas entre Correa y Chávez, quien suele recordar al entonces joven ministro ecuatoriano de Finanzas hablándole al oído sobre la buena impresión que le dejó un discurso suyo en una cumbre en Paraguay.
El presidente ecuatoriano describe a su homólogo venezolano como un amigo más que un mentor, y hasta sus críticos reconocen que el fuerte temperamento y liderazgo le impedirían ser un seguidor incondicional de Chávez.