Si la caída del muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, la debacle bursátil también significa el fin de una era, esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios al que había que obedecer y respetar, sin intervenir nunca en sus designios. Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo ha disfrutado de una vida mucho más breve y feliz.
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El párrafo anterior y otros más que citaré no son de mi cosecha, sino que forman parte de un artículo que, con el título «El fin del neoliberalismo», publicó a principios de esta semana el periodista Alejandro Armengol, columnista de El Nuevo Herald, de Miami, periódico al que no se le puede tildar de navegar con bandera de izquierda, menos de tinte marxista, como suelen calificar a los críticos del neoliberalismo sus apologistas, que abundan en Guatemala y a los que se les puede ubicar cotidianamente en los diarios de la mañana.
El analista Armengol se refiere a la estrepitosa caída de la bolsa de valores de Nueva York y a las tardías maniobras del presidente norteamericano George W. Bush en su intento de evitar la debacle: «Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros y quienes los representan en Washington se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate. A la hora de las ganancias hay que respetar al capital privado. Pero al llegar el momento de las pérdidas, ahí está el Estado, benefactor de los ricos y corporativos en esencia, para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes».
Algo que los guatemaltecos hemos padecido con frecuencia. La oligarquía guatemalteca y sus defensores mediáticos, es decir, los teóricos neoliberales aborígenes, rechazan con denuedo la menor intervención del Estado en el sacrosanto libre mercado; pero son los primeros en demandar el auxilio del Banco de Guatemala y la Superintendencia de Bancos cuando sus intereses están en riesgo o han defraudado a sus cuentahabientes.
Así ocurrió con el caso de los llamados «bancos gemelos» durante el gobierno del presidente Alfonso Portillo y lo mismo aconteció con los bancos del Café y de Comercio, en la administración del presidente í“scar Berger, para salvar el dinero de los tramposos banqueros, aunque los pequeños ahorrantes y modestos inversionistas quedaran en la vil calle.
Es que, en palabras de Armengol, «cuando los neoliberales hablan de disminuir el papel del Estado paternalista, regulador y mercantilista, tras sus palabras está el afán de desmontar cualquier mecanismo de protección y ayuda a la población, para imponer con absoluta libertad sus proyectos de beneficio personal», porque «a través de los siglos la avaricia de unos pocos no sólo se ha mantenido, sino también aumentado».
(El cirujano Romualdo Chipuste le dice al neoliberal Wall Bursátil, paciente suyo: -Con anestesia local cobro más barato que con anestesia general. El enfermo replica: -¿Y si muerdo el pañuelo?).