Para los paquistaníes, víctimas de una campaña de atentados sin precedentes, como para sus vecinos afganos, agotados por casi 30 años de guerra, el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos tiene poca importancia: gane quien gane la situación empeorará.
La frontera entre los dos países, muy permeable, se ha convertido en el «nuevo frente de la guerra contra el terrorismo» desde que Al Qaida y los talibanes afganos reconstituyeron sus fuerzas en las zonas tribales paquistaníes.
Cuando el candidato demócrata Barack Obama promete ataques en el noroeste de Pakistán, con o sin el acuerdo de Islamabad, sus declaraciones provocan escepticismo en ambos lados de la frontera.
Los disparos de misiles estadounidenses por aviones sin piloto procedentes de Afganistán son ya casi diarios en las zonas tribales, muy a pesar de Islamabad, que protesta sistemáticamente pero en vano.
E incluso las incursiones de comandos de tierra estadounidenses han perdido su tradicional discreción desde que el 3 de septiembre fuerzas especiales procedentes de Afganistán atacaron una aldea matando, según el gobierno paquistaní, a 15 civiles.
Mientras las fuerzas internacionales -esencialmente estadounidenses- se hunden en el barrizal afgano y Al Qaida y los talibanes paquistaníes ganan poder en la única potencia nuclear militar del mundo musulmán, la situación en estos dos países se ha convertido en uno de los elementos clave de la campaña presidencial estadounidense.
El candidato republicano, John McCain, asegura que una retirada de las tropas norteamericanas en Irak tendría «un impacto catastrófico para Afganistán».
Obama defiende por su parte una retirada acelerada de los soldados de Irak y un refuerzo masivo en Afganistán, desde donde Washington perseguiría en Pakistán a «Osama bin Laden y a sus lugartenientes» si Islamabad «no quiere o no puede actuar».
«En Afganistán, la gente prefiere a Obama porque explicó que la insurgencia de los islamistas radicales deber tratarse en su base que, para los afganos, está en la cintura tribal del noroeste paquistaní», considera Harun Mir, analista del Centro de Investigación y Estudios Políticos de Afganistán.
Pero, según este experto, hay pocas probabilidades de que uno u otro de los candidatos logre remediar el antiamericanismo creciente entre los afganos y los paquistaníes, incluso los más moderados.
Muchos paquistaníes consideran que Estados Unidos ha «exportado» el conflicto, al no ser capaz de matar o capturar a los miembros de Al Qaida en Afganistán y al provocar que los talibanes y los combatientes de Bin Laden cruzasen a Pakistán.
«La guerra contra el terrorismo no es nuestra guerra», es un eslogan que cubre las paredes de las grandes ciudades paquistaníes desde que comenzó la ola de atentados suicidas perpetrados por los talibanes paquistaníes afines a Al Qaida, que dejó cerca de 1.300 muertos en poco más de un año.
«No esperamos ningún cambio positivo en la política de Estados Unidos en las zonas tribales», explica un jefe tribal del norte de Pakistán, Malik Habibulá.
«Norteamérica nunca ha traído nada bueno a Pakistán», afirma uno de sus pares, Malik Amal Jan, que dirige una milicia antitalibán.