¿Va a querer su partido don?…


En un matutino leí­a hace algunos dí­as algunos aspectos relacionados con la posibilidad de que ya muy tempraneramente a mi parecer, algunos polí­ticos empiecen a fijar sus ojos y ambiciones en las elecciones generales que se celebrarí­an en el año 2011, anticipándose de una manera abrumadora cuando el nuevo Presidente apenas tiene ocho meses al frente de su mandato.

Héctor Luna Troccoli

Esta situación, frecuente en Guatemala, de tener una «partidocracia» al gusto del cliente y con fines exclusivamente de impulsar ambiciones personales de dirigentes que quieren obtener desde una alcaldí­a de cincuenta mil quetzales mí­nimo, hasta el premio mayor, esto es la Santa Guayaba, venerada por estos polí­ticos que aparecen y desaparecen según como les vaya en la feria, nos debe llevar a una reflexión y análisis profundo, particularmente sobre la debilidad institucional de los entes polí­ticos, así­ como la ambición económica y de poder de sus dirigentes que es, de alguna manera, el germen de la corrupción, el nepotismo, el amiguismo y la destrucción sistemática de los poderes del Estado a donde acceden únicamente los del partido que han hecho «méritos», que se traducen casi siempre en aportes económicos.

Los partidos son instituciones surgidas particularmente a fines del Siglo XVIII, los cuales al menos doctrinariamente (Burke, Orgaz, Bluntachli, entre otros), actuan como grupos sociales libremente formados en los que sus miembro se unen para una acción polí­tica común en aras del interés nacional.

Los tratadistas enfatizan en que la conformación de un partido debe conllevar al menos, una serie de principios ideológicos, elementos doctrinarios y programas de acción polí­tica en aras, siempre del interés social y no del particular.

En Guatemala es exactamente a la inversa. En primer lugar el que tiene plata y ambición por tener más y ejercer un poder casi omní­modo, es el primero en querer formar su partido que nacerá y morará en poco o algún tiempo, pero jamás tendrá una permanencia de continuidad ideológica y de principios morales puestos al servicio de los demás ciudadanos.

En segundo lugar, el «team» formado o conformado solamente estará en actividad permanente durante no más de un año antes y después de las elecciones, en tanto se ocupan los puestos de poder. El ejemplo de Estados Unidos es evidente. Desde hace muchí­simos años existe el bipartidismo que en lugar de debilitar, consolida la democracia, siempre y cuando estos partidos tengan la fortaleza y el deseo de permanencia.

Aquí­ los partidos son flor de un dí­a y muy a la carrera elaboran supuestos principios doctrinarios y programas de gobierno para salir al paso, fuera de que el caciquismo es una parte fundamental de estos seudopartidos que casi siempre se van vendiendo al mejor postor, fuera de que el «transfuguismo» es casi pan de todos los dí­as. La mayorí­a de nuestros polí­ticos se cambian de camiseta, como cambiarse de calcetines y no por disensiones ideológicas que podrí­a ser aceptable, sino simple y sencillamente por razones económicas o de ambiciones reeleccionarias. La mayor culpa de que esto ocurra la tienen los propios lí­deres que aceptan estas traiciones abiertas y descaradas, cí­nicas y públicas sin que nadie diga nada, sino, por el contrario, lo observe como una cosa normal.

Los partidos deben fortalecerse con valores de verdad y no de palabra de púlpito para que el guatemalteco empiece a creer en sus instituciones, lo cual, espero de todo corazón, lo puedan ver mis bisnietos.

Mientras tanto, ya tenemos a muchos que como los cuidadores de carros dicen con cierta ironí­a ¿va a querer su partido don?…