Las últimas semanas han sido de rebotante actividad. Todos los días noticias nuevas se convierten en la aguja que revienta el globo anterior. En el relevo noticioso no queda más que pensar cualquier cosa menos en la realidad nacional; para eso ya están dando vueltas los medios acaparándose de los recursos que brinda el movimiento actual.
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Un conocido me comentaba el otro día sobre la sensación de una tormenta política que ha hecho que las aguas de la sociedad se sacudan a tal punto que las dos salidas urgentes que contemplaba eran, primero o dejar de consumir información noticiosa, es decir, cero prensa y separarse de cualquier detonante de impotencia que genera un clima así; o el otro camino sugerido era apostarle al hasta-aquí-muchachos de la sociedad y organizarse en un movimiento sólido cuyo rumbo esté encaminado a reclamar el país que en el que merece la pena vivir.
Por un momento pensaba que sus palabras eran honestas. Sí, tal vez lo fueron, pero volvió a caer en el estadio permanente de desinterés al percatarse que la última opción que proponía estaba ajena a nuestra realidad. Lo pintaba como una enfermedad que ha consumido a la sociedad que se ha autodestruido: el desinterés.
Y es que las condiciones del país han fermentado un río de abandono generalizado en donde cabalgan libremente y hacen lo que quieren de esto que se llama Guatemala.
No hace falta tener mucha imaginación para darle vida a cualquier historia en este país. Con un poco de astucia y ánimos suicidas todo cabe en este juego: Escuchas telefónicas que descifraron el risible enigma de un espionaje cantado a los cuatro vientos mucho tiempo atrás; políticos cuyo crecimiento en el cuadrilátero tuvo como plataforma una inyección asquerosa de dinero que luego se llevó entre las patas a tantos otros que ahora tratan de lavarse la cara en estas aguas revueltas; un cacique-todopoderoso se entrega a la policía, el cuasi dueño de un departamento que trató de escudarse detrás de una vara edilicia para desvincularse de un magnicidio que de un tiempo acá ha dejado de ser «la noticia más conmovedora» del país, pero que sentimentalmente mantiene una herida entre vecinos países; empresarios arrepentidos de jugar sucio sometiéndose a los brazos de la maltratada justicia nacional a sabiendas que pasar unas noches en el preventivo redimirá sus penas por haberse convertido en puentes para defraudar millones de quetzales, y así la lista podría continuar.
Pero quienes son los culpables de haber dejado a los cerdos salirse del chiquero, pues quién sabe y al parecer nadie lo sabrá. Es más fácil contar hasta diez y ver cómo una nueva bomba noticiosa acapare el protagonismo en el panorama nacional. La tormenta sigue y no sabremos cuándo saldrá nuevamente el sol. Quién sabe.