Curiosamente quienes más insisten en el fin de la era de las ideologías son los que se muestran más radicales en sus planteamientos y más empeñados en dividir maniqueamente al mundo entre buenos, que son ellos, y los malos que son todo el resto que no comparte sus puntos de vista. La convención del Partido Republicano en Estados Unidos es una muestra de cómo el fanatismo dogmático de esa derecha religiosa cuyo principal abanderado ha sido George W. Bush se mantiene no sólo creando más profundos antagonismos, sino que, además, propagando doctrinas de miedo.
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Ciertamente el juego les ha dado frutos y nadie puede considerar que no vaya a repetirse la historia con un triunfo de McCain y Palin en las elecciones de noviembre, puesto que siempre será más atractivo para fuertes segmentos del electorado el planteamiento agresivo que ataca sin misericordia a los rivales que la propuesta edificante. Al fin y al cabo, el repudio a los impuestos y el llamado a un falso patriotismo basado en el militarismo siempre han sido elementos de cohesión si son adecuadamente explotados y los republicanos siguen mostrando sus altas calificaciones para esa manipulación.
La mano de Kart Rove tras el diseño de la estrategia republicana que sigue apuntando a la base de la derecha religiosa es indiscutible y cobra mayor relieve con la nominación de la señora Palin que es una medida eficaz para contrarrestar las dudas que las posiciones más liberales de McCain despiertan entre un electorado fundamentalista.
Uno pensaría que cuando el mundo se da cuenta del descalabro norteamericano y cuando es evidente que el aislamiento internacional de Washington se convierte en un factor poderoso a favor del surgimiento de la China como gran potencia y el resurgimiento de la Rusia de Putin como contrapeso geopolítico de Estados Unidos, un electorado sensato tendría que entender la importancia de planteamientos que cuestionan el unilateralismo en las relaciones internacionales y que proponen el rescate de posiciones de liderazgo con base en la cooperación entre las naciones. Pero indudablemente los estrategas entienden que el electorado de la mayor potencia mundial no es necesariamente racional sino que muy emotivo y por eso insisten en una campaña diseñada más en el uso del petate del muerto que en hechos y realidades.
Al ver el tono de la convención republicana uno se da cuenta que la esperanza de ese partido para continuar otros cuatro años en el poder en Estados Unidos está en agudizar las divisiones en el país y generar los más encontrados sentimientos en la sociedad. No se trata, ni por asomo, de planteamientos que apunten a la búsqueda de acuerdos sociales, de entendimientos para encarar de manera inteligente los desafíos de este inicio de milenio, sino de apelar a los más bajos y oscuros sentimientos de la gente, empezando por el terror mismo hasta llegar a planteamientos que terminan dando la razón a Marx cuando dijo que la religión es el opio de los pueblos porque el fundamentalismo evidentemente adormece la inteligencia y la conciencia.
El problema no es únicamente de los norteamericanos, porque al final de cuentas lo que ocurra con esa potencia tendrá repercusión en todo el mundo. Pero está visto que la decisión es entre aferrarse al dogma y actuar motivados por el miedo o abrir los ojos a un nuevo desafío que no se puede superar sino con inteligente participación de todos. La elección parecería demasiado obvia, pero nadie puede descartar el peso del dogma fundamentalista.