El deterioro de la imagen del Congreso de la República es la punta del iceberg político nacional. En realidad hacia dónde se vea, según se expresan por los más variados medios, los guatemaltecos ven un conjunto de instituciones en crisis. Una crisis cuyo trasfondo se encuentra en todo el andamiaje político. El «sistema» político, si a esto se le puede llamar así, colapsó.
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Cuando se habla de «depuración» como la válvula de escape y opción solucionadota a la crítica situación que estamos viviendo, lo que se pone de manifiesto no es más que una medida paliativa que hará entrar en «suspenso» a la verdadera solución de esta problemática. Si se implementase la llamada «depuración» como a finales de 1993, se habrá de postergar, quizás para otros 10 ó 15 años, la verdadera búsqueda de una solución de fondo a la crisis estructural del Estado y de la sociedad guatemalteca.
Nunca gobierno alguno en nuestra trayectoria republicana había encontrado un conjunto de escenarios tan complejos, complicados y que representan enormes desafíos. La crisis económica mundial, la puja de los poderes paralelos que se esconden tras el narcotráfico, el contrabando y la criminalidad organizada, amén de una penetración institucional en aquellos entes creados para contenerlos, son al menos las aristas notorias que hacen complejo el mandato del Presidente Colom.
Si a este cuadro le agregamos la sempiterna y obstinada actitud oligárquica a no mirar más allá del interés de sus propias narices, con un conjunto de poblaciones en condiciones paupérrimas, casi insólitas para un país con el potencial de riqueza que el nuestro posee. Ahora aumentado ante la evidencia del obsoleto sistema legal que norma el desempeño de lo público y lo político, reflejado en la frágil institucionalidad pública y ensombrecido con la indiferencia del capital privado. En dos palabras: estamos jodidos.
En la Constitución Política de la República encontramos un asidero que nos puede proporcionar una oportuna luz en este túnel de las desgracias económicas, institucionales, personales, políticas y sociales. El artículo 182, nos recuerda que el Presidente de la República «representa la unidad nacional y que deberá velar por los intereses de toda la población de la República.» Sabemos que la crisis se extiende a toda la institucionalidad pública. Que las comisiones de postulación han resultado un fiasco, susceptibles de un enorme tráfico de influencias. Que a los partidos políticos se asciende por compadrazgo y no por capacidad o tan siquiera liderazgo ganado a pulso de ser expresión de confianza de quienes dicen representar.
Es necesaria y urgente una reconversión del régimen de la legalidad de lo público prevaleciente. Esto solo será posible con un cambio a la Constitución Política. En ella también encontramos, en los artículos 277 y 280 que, para presentar iniciativa de reformas constitucionales, precisamente el Presidente de la República en Consejo de Ministros, así como el pueblo mediante petición dirigida al propio Congreso de la República por cinco mil ciudadanos empadronados, pueden hacerlo. Y el 280 nos señala todo el amplio espectro reformable por el Organismo Legislativo. La Asamblea Constituyente no cabe, pues en materia de garantías individuales, la crisis no es como en la institucional.
Si no es el Presidente de la República, quien por ejemplo, en unión de otros líderes reconocidos nacional e internacionalmente los que abanderan la propuesta de cambio, ésta simplemente corre el riesgo de desnaturalizarse y prostituirse como ocurriera hace 15 años con, por ejemplo con los cambios aplicados a la banca central. Si se deja en manos del pueblo, como reza el artículo antes citado, el desborde de las peticiones hará prácticamente inviable cualquier intento razonable de reforma.
A mi juicio este es el momento histórico para que el presidente Colom impulse la serie de cambios que el país, la sociedad y el Estado requieren. Este es el momento para «darle vuelta al calcetín», pues a la vista salta que con las reglas tal cual están, poco o nada camina. Quizás sea el momento de buscar el respaldo en la Academia y el apoyo que puede proporcionar el liderazgo de una espiritualidad, en tanto ambas se encuentren comprometidas con las mayorías desposeídas de nuestro país, para impulsar los cambios que urgentemente se requieren.