POPULARIDAD Y CONFIANZA


Militares chinos patrullan las calles de Kangding, una ciudad autónoma de la prefectura del Tí­bet. Pese a las protestas y a los malos pronósticos, las autoridades chinas resultaron fortalecidas tras las Olimpiadas, debido al buen desempeño de este evento.

El gobierno comunista chino sale de los Juegos Olí­mpicos de Pekí­n con una confianza reforzada en el plano internacional, asentada a nivel interno en el orgullo nacional, afirmaron analistas.


Sin embargo, también cobran fuerza los sectores partidarios de polí­ticas más represivas después de unos Juegos organizados con un enfoque autoritario, que dejaron muy poco espacio a las preocupaciones internacionales sobre los derechos humanos y la libertad de expresión, añaden los politólogos.

Esos analistas consideran que el éxito de los JO, que se celebraron del 8 al 24 de agosto en Pekí­n, valida la polí­tica de mano dura preconizada por los sectores más ortodoxos del Partido Comunista chino.

«Los partidarios de la lí­nea dura son los principales beneficiarios (de los Juegos). El aparato estatal-policial parece más afianzado y se beneficiará en términos de mayor presupuesto y poder real», sostuvo Willy Lam, un académico basado en Hong Kong.

Muchos conocidos disidentes fueron encarcelados antes de la inauguración de las competiciones deportivas, como parte de una campaña destinada a acallar expresiones de descontento con la situación de los derechos humanos, la corrupción y las injusticias sociales.

Las autoridades chinas desencadenaron, además, una fuerte represión en el Tí­bet budista, después de los disturbios de marzo, y en la región musulmana de Xinjiang, escenario de recientes atentados.

Pero el Partido espera recoger los beneficios del orgullo nacionalista de 1.300 millones de chinos que vieron a sus atletas dominar los podios deportivos, superando de lejos a todos los demás en cantidad de medallas de oro.

«Los Juegos son sin duda una legitimación del Partido Comunista», dice el académico chino Tang Wenfang, de la Universidad estaounidense de Pittsburgh.

Lam estima que el presidente chino, Hu Jintao, parecí­a comprometido con una reforma genuina, si bien lenta, antes de los Juegos Olí­mpicos.

Pero el éxito de la cita deportiva ha borrado al parecer cualquier esperanza de una polí­tica más tolerante, como la que aplicó Corea del Sur después de las olimpiadas de Seúl en 1988.

«No habrá ninguna liberalización polí­tica»; para los chinos, la venganza es un plato que se come frí­o, señala Lam.

«Con la partida de todos los extranjeros y de los medios de comunicación mundiales, que ya no estarán centrados en China, se podrí­an tomar serias represalias», advierte.

La mano dura incluso se aplicarí­a por todo el paí­s, no sólo en Tí­bet y en Xinjiang, dice Russell Leigh Moses, un analista polí­tico basado en Pekí­n.

Los partidarios de la polí­tica férrea «ganaron la batalla para hacer de las olí­mpiadas «sus» Juegos», y ahora esgrimen la ecuación de más control, más éxito para China, según Leigh Moses.

No obstante, estima que el régimen comunista «deberí­a tener cuidado» y no dejar que su confianza y buen desempeño le lleven a trasladar su inflexibilidad en el extranjero.

Xu Wu, un antiguo periodista de la agencia oficial China Nueva y experto en el nacionalismo chino, destaca que el éxito olí­mpico ha contribuido a aliviar los dolorosos recuerdos del dominio extranjero en el paí­s.

E incluso prevé que una China más confiada actuará de forma más responsable más allá de sus fronteras.

No obstante, Xu añade que el paí­s será menos tolerante ante las crí­ticas mundiales sobre, por ejemplo, los derechos humanos.

«Después de tal cauivadora demostración de buena voluntad y simpatí­a hacia el mundo, si la llamada comunidad internacional sigue tratando a China como una conveniente cabeza de turco, las fuerzas nacionalistas duras se reforzarán en China», según Xu.

Con los Juegos Olí­mpicos finalizados, el gobierno dispone ahora de otras ví­as para impulsar el orgullo nacional , en particular, su programa espacial.

«El próximo objetivo para cristalizar el enfoque nacional podrí­a ser enviar un hombre a la luna. Es el próximo paso hacia la gloria nacional», según Lam.